De cena y amantes

Por Mercedes Saravia / Publicado en La Rama 02 / Verano 2019-20

ELLA estaba cenando a su último amante, la naturaleza es brutal y no puede ser contenida. Con pena (pero con hambre voraz) crujían crocantes patas en su boca.
ÉL siempre errante, indeciso, inquieto, despistado, se vio en el nido de ELLA sin saber ni siquiera cómo llegó ahí.
En ELLA, despertó el insaciable deseo. Aunque también la confusión, no es ÉL lo acostumbrado, es «de otra forma» muy bello, y jugoso…y ella tiene la boca tan seca, ahora.
ELLA no sabe cómo sería el Kamasutra esta vez, él tiene un cuerpo diferente, complejo. Pero sí sabía que no lo dejaría escapar, porque las esperas entre un amante y otro suelen ser largas a veces. Y esta es una oportunidad que el destino puso en su nido. Las oportunidades tardan mucho también, y son escasas.
ÉL sabía que ella era peligrosa, siempre la vio de lejos, nunca se hubiese acercado tanto conscientemente. Había escuchado cosas horrendas de ella siempre, y el desprecio y temor infundados por los demás en ÉL, era una especie de desafío tentador. Al fin y al cabo, cuando nos dicen «no toques eso» una fuerza oculta se despierta y nos impulsa a abalanzarnos al encuentro táctil.
ELLA era de verdad hermosa de cerca, tenía luces y un brillo único e hipnótico, su piel resplandecía.
Y así fue, todo muy táctil.
Patas y manos enredadas de dos especies muy diferentes, «Montescos y Capuletos», «el bello y la Bestia»…amor…amor lo que se dice AMOR, no era… Era más bien curiosidad y química. Espontáneas formas de tacto, innovador y sorprendente. ELLA no podía enamorarse, porque al fin y al cabo siempre se devoraba a sus amantes, no le daba el tiempo espacio a enamorarse.
De placer sí hubo mucho, de distintos colores y temperaturas, todo un samba de sensaciones. La fuerza centrífuga los despidió en el momento en que las patas se desenredaron.
Aquel instante fatal determinaría quien sería salvo.
ELLA cayó de espaldas, quedó vulnerable, expuesta. Era hermosa cubierta de sudor, exhausta y como en trance aún, con las miradas perdidas.
ÉL nunca caía de espaldas, y si eso pasaba rápidamente torcía las cosas para que nadie notara esos instantes de debilidad, se volvía a poner de pie en una contorsión sin que rastro alguno manchara su intachable imagen de «tipo bien».
Entonces se recuperó de la caída y sabiendo que era mucho menos venenoso y hábil que ella, que ni bien estuviese de pie habría de clavarle su veneno mortal: lo hizo.
El instinto animal.
La hirió de la peor forma que algún ser puede herir a otro ser: con la «Traición». Cuando ese otro está en confianza y pensando que ha llegado al paraíso, que puede morir porque ya conoció la fuerza del amor (augurando su propio destino fatal), que ama tanto que olvida que se enamoró de su presa y que incluso por no comerla morirá, ¡pero no de hambre!, de amor…y eso pensaba ELLA mientras sentía que todo lo de adentro se escurría para afuera por esa herida mortal. Con un dolor tan intenso que le quitaba la fuerza para moverse, solo podía parpadear sus ocho párpados. Y tomarse la herida que no quería ver porque sabía era enorme, y no podía creer que ÉL le hubiera propinado semejante tajo.
Ni llorar pudo, estaba seca.
Por la herida salió su propio veneno y eso sí que fue un alivio. El veneno que tenía adentro, su propio veneno acumulado. Se sintió santa un instante antes de dormirse.
ÉL en shock, no movió ni una sola de sus 100 patas. Con la expresión de horror en su cara perfecta, hermosa.
Cuando ELLA ya no se movió más y sus ocho ojos quedaron abiertos hacia el cielo, le transfirió a ÉL el movimiento.
ÉL dio unos pasos hacia atrás, levantó su chistera negra y se la puso lentamente como si le doliera meter esa cabeza aturdida en ella. Se acomodó el bigote francés a lo Dalí. Y salió caminando elegante, impoluto, más hermoso que nunca. Pero llevaba algo nuevo en su piel, llevaba el perfume de ELLA.
Un sobreviviente.
La naturaleza es brutal y no puede ser contenida. Con pena, pero con un hambre voraz, se fue andando mientras comía crujientes patas de su última amante.
ELLA era una viuda negra y ÉL un ciempiés.

Publicado en Newsletter y etiquetado , , , .

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *