El hombre que solo escribía

Héctor Rodolfo «el lobo» Peña

En adhesión al «Día del Escritor Santacruceño», instaurado en su homenaje, reproducimos la nota de Carlos Besoaín, publicada en el primer número de La Rama.

Se trata del primer escritor de Santa Cruz, aunque hubo varios y varias antes y después de su paso por esta existencia en la comarca austral. Peña es el pionero, y por muchas razones –es angosta y tortuosa la senda del pionero. Haremos borrones y manchas a mano alzada para redactar un texto escrito a prisa y leído en voz alta porque los tiempos nos corren y la urgencia de decir nos sobrepasa, cuando de hablar de la excesivamente joven cultura de Santa Cruz se trata.

Héctor Rodolfo Peña nació el 4 de agosto de 1938. Dato crucial, interesante. A partir de aquí me pregunto: ¿qué pasaba en el mundo, el país, la región y la comunidad que lo estaba viendo nacer? La cultura que le fue contemporánea se convirtió en el agua que sería absorbida por las raíces de su árbol literario. Nunca deja de impresionarme visualizar a la gente adulta como recién nacida, recién llegados a este mundo predatorio, frío, donde el amor es como una hoguera en las tinieblas. Hay allí algo de prístino, puro, virginal, que se va manchando a medida que envejecemos, mientras la misma llama que da la vida es la que consume su propia vela, la vela del cuerpo y la existencia.

En el caso de Héctor Rodolfo Peña la mugre del mundo no llegó a tocar el centro –de hecho creo que cuando eso sucedió, se nos fue–. Con él pareció ocurrir la transfiguración que solo sufren los poetas, cuando el arte no solamente toca sus almas, sino que también el arte de vivir poéticamente se hace carne. Ese prístino infante que todos alguna vez fuimos y que suele degradarse hasta convertirse en un viejo cínico al final, cuando en el Debe y el Haber de la existencia los días de sol fueron menos que las largas noches solitarias. Las crueles leyes darwineanas nos obligan a adaptarnos para sobrevivir. Cada oficio o matriz cultural con que está hecho cada individuo, imprime su sello en el alma para la supervivencia. Debemos adaptarnos o perecer más temprano que tarde. Así, los poetas y las poetas deben convertirse en una suerte de Caballos de Troya de sí mismos, llevando oculto en su interior, al prístino niño o niña de sus primeros días, mientras los otros, los socialmente grises –los sinsueños– creen contactar con “un adulto normal” que ya entiende cómo son las cosas, que el mundo fue, es y será así y que no puede ser modificado y mucho menos mejorado. Estas gentes, estos Caballos de Troya de sí andan disfrazados por la vida haciéndoles creer a los demás que son “gente del sistema”; hasta que le echan una ojeada a sus libros y terminan considerándolos entonces como lo peor y lo mejor de nuestra sociedad, es decir soñadores.

Esto parece ser una verdad: en el interior del vecino Héctor Rodolfo Peña vivía un niño sagaz y muy sensible que nunca olvidó la fragilidad de su propia condición humana y la del prójimo, y que nunca jamás en el limitado y numérico conjunto de sus días pudo terminar de saciar su sed de justicia. Porque lo que más reclama su obra es eso: justicia. Y por si esto fuera poco, en un mundo duro “de pioneros machos y bien criollos que a fuerza de coraje forjaron nuestra querida Santa Cruz”. Sí: Héctor Rodolfo Peña fue un poeta, y el primero de Santa Cruz; aunque hubo otros, y otras, antes y después de él, como dijimos.

Para hallar a un soñador

El punto en el mapa austral argentino para ubicar, ver en perspectiva y comprender de qué podrían estar hechas las estructuras  estéticas, filosóficas y literarias de este tesoro cultural de Santa Cruz que es la obra escrita por Héctor Rodolfo Peña, será determinado por la unión de dos líneas –vertical y horizontal–: año de su nacimiento y sucesos trascendentes de su tiempo –vertical– y los escenarios geográficos y culturales en los que le tocó vivir –horizontal–: el mundo, Iberoamérica, Argentina, Santa Cruz y Río Gallegos/Lago Argentino. Ambas líneas se entrecruzan para indicar el punto exacto de su alumbramiento en el confín austral.

Su año natal –1938– es uno de los puntos clave del violento, transformador y deshumanizado siglo XX. Se podría decir que esta centuria puede dividirse en dos grandes partes: desde el año 1901 a 1939, y desde este último año al 2000. La primera parte abarcaría la caída de la Revolución Industrial, con su consecuente recesión económica y conflictos sindicales liderados por representantes de la clase obrera; la consolidación de las naciones modernas y occidentales; la erupción de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa; y el escandaloso Tratado de Versalles, acuerdo que obsequiaba a la derrotada Alemania una crisis profunda, caracterizada por la desesperación y el odio sociales. La segunda parte puede estar determinada por el año 1939, en que fuera declarada la Segunda Guerra Mundial, hasta el año 2000, en que el viejo mundo era irreconocible. Aquí se desvanece todo vestigio de la cultura del siglo XIX y comienza una transformación que llega hasta nuestros días: vertiginosa, violenta, global y profundamente deshumanizada. Las consecuencias de este conflicto –que inicia el 1° de septiembre de 1939 con la invasión de la Alemania nazi sobre Polonia– son de naturaleza muy variada aunque definitiva: muerte de 60 millones de seres humanos, puesta en funcionamiento de campos de exterminio, mediante un sistema de exterminación masiva de personas por: sus condiciones nacional, étnica, mental o sexual; creación subsecuente de las Naciones Unidas para proteger derechos de naciones, pueblos, individuos; descubrimientos tecnológicos como los principios que rigen al radar o a la “máquina de Turing”, por ejemplo. El radar posibilitó la actual seguridad aérea de las líneas comerciales y militares; y la “máquina de Turing” es el antecedente del sistema binario que hace posible la computación. La llamada Guerra fría fue otra de las consecuencias, ergo un mundo divido en dos mitades, según filosofías políticas y económicas antagónicas: comunismo contra capitalismo, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) contra Estados Unidos de América (EE.UU.); la guerra de Vietnam o la existencia del muro de Berlín fueron dos de sus productos. Y lo principal y más siniestro: la posible exterminación de la vida con la aparición del poder armamentístico atómico-nuclear; con el impacto de las bombas sobre las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki en 1945. 

Además, en esos años nuestras culturas, iberoamericana y argentina, estaban más ligadas a España, mientras terminaban de producirse tres oleadas migratorias de españoles sobre nuestro territorio: la de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la producida entre las dos guerras mundiales y la que se produjo a partir del mes de julio del año 1936 cuando estalló la Revolución Española. Esta última oleada migratoria trajo dos clases de españoles: franquistas, que estaban a favor del oficialismo, y republicanos, es decir aquellos que estaban por el cambio revolucionario. La escasa pero multicultural sociedad de Santa Cruz quedó parcialmente fragmentada, por el odio entre franquistas y republicanos. Suponemos que el mismo Héctor Peña pudo haber sido hijo o nieto de estos españoles y españolas que llegaron a este suelo austral a ganarse el pan “con el sudor de su frente”. Falta aún investigar.

Lo cierto es que cuando nuestro autor tenía poco más de un año comenzaba la Segunda Guerra Mundial, en Europa. Muchas familias de origen alemán, como nuestros Bitsch, por ejemplo, eran muy influyentes en política y economía. Nuestro Ejército se declaraba abiertamente “germanófilo”, porque sus cuadros superiores admiraban con pasión la historia militar alemana. Todo esto nos influyó para declararnos, en el poderoso conflicto que se avecinaba, neutrales; Estados Unidos nunca lo perdonó. Se sabe que en esos años el gobernador Gregores, cuadro político militar de la Década Infame, utilizó la red radial que él mismo había creado para interceptar comunicaciones que la inteligencia nazi producía en nuestro territorio.

Cuando Héctor Peña tuvo siete años, fue testigo del único hecho positivo de su época: se trató del nacimiento del peronismo como fuerza política social, nacional y popular en nuestro país. El niño Peña debió escuchar hablar a los adultos del casi irreal 17 de octubre de 1945, día en que la clase trabajadora del conurbano bonaerense exigió en Plaza de Mayo al presidente de facto Farrel la libertad del general Perón, sancionado por ayudar con sus políticas a los más necesitados; millones de personas en vigilia para declarar abiertamente su lealtad a un hombre. Debió haber sido cuanto menos impresionante en la joven conciencia del pequeño. El presidente Juan Domingo Perón, bonaerense él, había conocido la Patagonia profunda, debido a que su padre fue administrador en establecimientos ganaderos de Chubut y Santa Cruz.

Este es el momento en que deben aparecer, a modo de estigma, nuestras huelgas obreras ocurridas en el Territorio, con su consecuente matanza: de 500, 1.000 o 1.500 trabajadores fusilados y sepultados en osarios a cielo abierto, sin juicio penal, fuera de todo postulado constitucional. Cuando nuestro autor contaba diez años, sus padres, familiares y vecinos de Lago Argentino hacía 26 que lo habían vivido y comentaban sobre tan triste asunto susurrando cual un secreto a voces. Y ya hacía cuatro años, el 15 de octubre de 1944, que había sido sancionado el Estatuto del Peón Rural en la Secretaría de Trabajo y Previsión que Perón dirigía. Mientras tanto, un poco antes y un poco después de ese año 1938, las comunidades de Río Gallegos, con la responsabilidad de su capitalía territorial, y Lago Argentino, crecían con lentitud, al amparo de una actividad ovino-ganadera que no sólo generó trabajo y divisas para esta suerte de comunidad autárquica que llegó a ser Santa Cruz –Gregores llegó para subsanar esto–, sino que se transformó en cultura, al fusionarse tal actividad con la geografía y las costumbres foráneas de trajeron de sus países nuestros antiguos vecinos. Los miembros del pueblo tehuelche, sin sufrir una explícita hostilidad, ocuparon los puestos de menor jerarquía en el circuito productivo, al mismo tiempo que debieron contemplar, con resignación, el desarrollo de estas poblaciones, desde los bordes culturales que habitaban.

Sin embargo, el lector podría objetar: muchos santacruceños –¿muchos?– debieron haber nacido en 1938 no se dedicaron a escribir una obra literaria. La objeción es razonable. Los hechos indican la posibilidad de dividir este subjetivo asunto en tres módulos: Módulo Uno, acontecimientos políticos y culturales significativos en todos estos escenarios, desde el mundo a la comarca. Módulo Dos, desconocido universo psíquico infantil y juvenil de Héctor Peña; lo que me hace imposible probar que, efectivamente, estos sucesos debieron influenciar su obra literaria. Y Módulo Tres, todos estos símbolos de época constituyen atmósferas, escenarios y ayudan a conformar su estilo narrativo. Del contenido de estos tres Módulos conceptuales, dos coinciden en sus contenidos: el Uno con el Tres.

Yo tuve el enorme placer de conocerlo y puedo asegurar que ni una sucesión de diez entrevistas consecutivas hubiesen terminado de ablandar el evidente ostracismo existencial, estético y literario que lo envolvía; se sabe que el Lobo jamás hablaba de literatura con extraños –y presiento que tampoco con propios.

Fragmentos de una novela que nunca existió

Héctor Rodolfo Peña fue escritor, periodista, locutor y aviador civil. Nació en Río Gallegos y murió en El Calafate –Lago Argentino– el 17 de julio de 2003. Sus obras son: El último invierno, 1972 (cuento); Poemas bajo cero, 1974 (poesía); Fuegos del sur, 1977 (poesía); La flecha cautiva, 1981 (poesía); Hombres del viento, 1981 (cuento); Trágica gaviota patagónica –Premio Editorial Troquel 1981-1982–, 1983 (novela); Carta del pueblo, 1984 (cuento); El ventisquero y la furia, 1984 (novela); Los pájaros del lago –Segundo Premio Fundación Fortabat–, 1985 (novela); Pueblo pionero, 1987 (novela); Misterio en la Bahía Paraíso, 1990 (novela); Onos, el patagón, 1992 (novela); Astillas de luz y frío, 1997 (poesía); El basural del frío, 2001 (novela); Imágenes y desaforismos, 2002 (aforismo).

Creo, luego de analizar parcialmente su obra, que, a pesar de haber publicado siete novelas hubo otra encubierta, que nunca pudo terminar de armarse cono tal… El texto en cuestión estaría integrado por tres cuentos: Carta del pueblo, Cuento de los hombres solos y El último invierno. Pues bien, considero que subyace en esta especie de borrador tripartito una historia mayor que bien pudiera tratarse de una novela escondida, de un texto subconsciente de su autor.

Veamos. En Carta del pueblo se le da la noticia a un tal Juan Oyarzún, mientras se encuentra trabajando en el campo, de la muerte de la madre de su mujer. En Cuento de los hombres solos el protagonista, José, se siente acorralado por su vida sin horizontes, entre la soledad brutal de su trabajo como arreador de un eterno piño siempre ajeno, la falta de educación y oportunidades, su edad madura que va camino a ser vejez pobre y solitaria, y la tos sangrienta de su único hijo que vive “en Gallegos”. En El último invierno un viejo que bien pudiera ser José ya está solo, porque su mujer se murió gastada y vieja en alguna ciudad de la Patagonia, y él espera la muerte resignadamente en un puesto de Estancia de la enorme Santa Cruz. El antiguo y tradicional eje narrativo principio / nudo / desenlace, que nos enseñaron en “la primaria”, parece darse redondamente. Aquí algunos de sus fragmentos –los puntos suspensivos son nuestros–: …Dña Rosa, la madre de tu señora Mariana se murió anoche nel hospital de acá de Gallego… Se murió la pobre e tanto lanzar sangre por la boca… algo reventao por dentro más que siguro… nos ocupamo del entierro claro que tubimo que poner unos cuantos peso de nosotros pero no importa… Sin fecha. Juan dobló lentamente el papel. Cuando el capataz le preguntó: “¿Malas noticias?”, se limitó a responder: “Sí, malas, don”… (de Carta del pueblo) …La puta madre, dijo con voz ronca… Sí, era un caballo brillante, como de fuego o de oro que reía a sus espaldas, sin ruido pero él sabía que reía… Y… una multitud de caras hoscas, ovejas con caras de hombre… y un muerto y una boca negra… y el Oscarcito con cara de viejo ya sin tos pero que no lo conocía… ¡Esos perros de mierda!… –Guante!!!… Y el animal, lengua afuera ojos brillantes con miedo pero sumiso al amo, que abandona la custodia del piño… y viene… Y entre los aullidos lastimeros del perro que forcejea pero no se defiende… la mano ase fuerte el collar de cuero marrón y la otra… descarga repetida y furiosamente el rebenque… los ojos del perro están rojos y ya no aúlla… Entonces el Evaristo… mira al compañero de arreo con ojos cansados… [con] una pátina de comprensión o de derrota… y… se pone a orinar mirando al piño ceniciento que empieza a girar sobre sí mismo, como una grotesca mariposa de utilería… (de Cuento de los hombres solos) …Él era puestero en una estancia y las casas quedaban a tres leguas… un poco más allá del río que ahora estaba escarchado como piedra y hojeaba y hojeaba la revista de puro aburrido… le pagaban, sí, pero una miseria. Al final, se la rebuscaba más con las trampas y los zorros… agarraría algún león, y con tres o cuatro se compondría. Pero eso no era para viejos, tampoco; bastante frío ya pasaba en el puesto, chapas y madera de segunda… mano, el servicio afuera a treinta metros… con el fiel Matraca a su lado haciéndole compañía en la inmensa noche sureña, no se sentía tan solo… Siempre fue un caballo bueno, pero algo espantadizo. Armó lentamente un cigarrillo sosteniendo las riendas… debajo del muslo derecho y se regocijó pensando que con esa nevazón algún zorro iba a caer en la trampa del matorral del bajo… La liebre salió como catapultada casi de entre las patas del tostao. El caballo pegó la espantada hacia la izquierda como si lo impulsara una tonelada de resortes, resbaló en la escarcha y se fue al suelo de costado, apretándole la pierna izquierda. Lo atontó el porrazo… Intentó moverse de alguna manera; entonces sintió el otro dolor. Y la terrible certeza le lanzó encima la jauría del miedo. Sintió frío y sintió que sudaba. El Matraca le tocó un hombro con el hocico húmedo y pegó un salto, asustado, cuando el hombre gritó… Se había roto el espinazo. Siguió nevando plácida, lentamente, durante horas y horas… (de El último invierno).

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