Escrito un 20 de junio

Un libro de tensiones poéticas, filosofía vernácula y comedia. Un libro que cruje.

Por Sebastián Tresguerres / Publicado en La Rama 05 / Verano 2020-21.

“Escrito un 20 de junio” refleja las tensiones de una vida en todos los aspectos que pueden atravesarla, también en el de escribirla y en el de ser (su) autor. Esa vida es la de Hugo Gandolfo, que fue acompañado en el periplo escritural por La Moro (Patricia Vega), y aquí mismo nos encontramos con la primera tensión. La Moro, según afirma el autor en sus palabras preliminares, debería figurar como co-autora, pero no lo hizo. El libro nos abre sus puertas con una tensión meta-literaria. “¿Por qué ella no habrá querido quedar registrada como co-autora del libro?”, inevitablemente se pregunta el lector. Este contrapunto inicial inaugura la lectura con un tono de tensión con condimentos de intriga. “¿Se habrán peleado por culpa del libro?, ¿A La Moro no le habrá gustado el resultado final de la obra y por eso no quiso firmarla?”.

Inmediatamente surge otra tensión, aunque para ser vista sólo por los “entendidos” en los ritos y reglas no escritas que rigen los mundillos literarios: al prólogo lo escribió un humorista, el Chiqui Abecasis. Ésta es una tensión de tipo disruptiva. La mayoría de quienes se dedican a la literatura con alguna pretensión de “seriedad” (lograda o no) es probable que vean como “poco serio” que a un prólogo de una obra de poesía lo escriba un humorista, por más que el prólogo sea correcto. 

¿Por qué me detengo tanto en señalar estas cuestiones secundarias que no tienen que ver directamente con el cuerpo del libro? Porque para mi punto de vista sí tienen que ver de manera directa con la literatura de Gandolfo, y sobre todo en esta obra. 

“Escrito un 20 de junio” es un libro vitalista y las tensiones que crujen tanto en sus poemas como en lo meta-literario son un reflejo del flujo enérgico, existencial, pulsional, empecinado, aventurero y artístico de la vida de Hugo. De la vida que es Hugo. Puedo llegar a decir que su insistencia en la poesía es en sí misma una gran tensión (mezclada con diversión). Hugo es un escritor que podría ser más prosaico para aprovechar de un modo más completo las aventuras que lleva vividas en sus caminatas por las intemperies de la Patagonia, que podrían nutrir innumerables relatos, cuentos y hasta novelas, pero él insiste exclusivamente en la poesía. Porque siempre insiste en tensionar la aparente naturalidad de las cosas, y así es el estilo de su poesía también: pulsional. 

Por todo lo que digo es perfecto que un humorista haya prologado este libro. Hugo Gandolfo se caga en las solemnidades. Hugo Gandolfo se caga en que podría escribir buenos relatos de viajes. A Hugo Gandolfo se le canta el orto escribir libros de poemas, y lo seguirá haciendo, con prólogos de quien sea, y tensionando desde la primera página ya sea con literatura o desde lo meta-literario. Y además, por si faltaba algo, el libro es bueno. 

En “Escrito un 20 de junio” hay buenos poemas y muy buenas ideas, que logran hacer de esta obra una de las más interesantes en el rubro poético de las producidas en Santa Cruz en los últimos años. Les doy una prueba:

“Cuando mi padre 

se vació de asombro, 

el sol se abrió 

para dejarlo entrar 

y formar parte de él.

Desde entonces, 

las noches son tan solo 

el laberinto 

donde nos extraviamos 

cada cual en lo suyo.”

Si en libros anteriores Hugo ha tenido “adicciones” de empecinamientos con palabras y juegos de palabras que no se podía sacar de la cabeza si no se los sacaba la imprenta, La Moro aquí tuvo su rol de “Palito Ortega ayudando a Charly”: ayudó a pulir esas compulsiones en una medida justa (resulta que Hugo también tiene muchos empecinamientos que son buenos, originales, y a esos hay que saber permitirlos, ya que además le dan un tono particular a su estilo). 

Este poemario es el relato en verso de una vida desde el mismo instante del parto. Los primeros poemas siguen una sucesión temporal de la memoria para luego ir transformándose en una sucesión de pensamientos sin temporalidad necesaria, de un presente infinito.

Así nació Hugo Gandolfo en el primer poema:

“Nada había más allá de la cuna 

ni más acá de la retina 

hasta que irrumpió esa garra invasora 

que explotó para siempre 

el avistamiento de mi primera luz.”

En los siguientes poemas leemos el crecimiento, la niñez, la adolescencia, la adultez, escritos en una combinación de figuración y realismo, con metáforas y alegorías pero con muchas descripciones directas también. En la niñez la vida tuvo mucho de muerte, pero con una épica vital. Por eso digo que éste es un libro vitalista. Mueren seres queridos. Muere una mascota. Mueren los juguetes. Mueren los dioses. Pero todas esas muertes dan mucha vida a los poemas, y no se sufre la oscuridad. Diría que no se llora. La oscuridad tiene luz y donde pudiera haber tristeza hay estoicismo. A su manera, Hugo Gandolfo es nietzscheano. Y más aún lo sería si Nietzsche hubiera tenido una banda de punk. O mejor dejame decir esto: Hugo Gandolfo es discepoliano. O mejor dejame decir esto: Hugo Gandolfo es maradoniano: es heroico pero con base en lo vernáculo. O mejor dejame decir esto: Hugo Gandolfo podría ser considerado un proyecto de escritor maldito si no fuera porque le es imposible ser completamente maldito: no puede dejar de ser querible.

Así murieron sus juguetes (extracto):

“Aquella tarde llegué a casa 

y vi el caucho en los Duravit 

y vi el agua de la canilla en la pileta 

y vi el plástico en los soldaditos 

y volvieron a ser cosas las cosas.”

Después viene un tramo de lo que yo catalogaría como “pensares”, con rasgos de poesía filosófica y lírica, posicionados más desde una visión del presente mental.

Cuenta la leyenda que La Moro aportó también varias ideas propias a la obra además de ayudar a pulirla, pero uno no sabe si contar esto porque el fantasma de su decisión de retirarse de la co-autoría logró que uno no sepa si el contarlo le produciría a ella satisfacción o disgusto.

Pero llegamos al final del libro con otra gran tensión, mezcla entre literatura y meta-literatura, mezcla de disrupción artística y pulsión dionisíaca. Finalmente Gandolfo sí se manda una sección en prosa, aunque no de sus viajes por la Patagonia sino de su viaje literario por la escritura, en tono de comedia, de este mismísimo libro que estamos leyendo. Otra disrupción. Probablemente, uno de esos empecinamientos. Ahora, es la hora de la muerte de la poesía. Gandolfo mata con prosa en tono de comedia a la poesía que acabamos de leer, describiendo cómo la hizo nacer. Y ahora que lo pienso (recién me doy cuenta de esto), este tono de comedia, a fin de cuentas, tiende un puente final con el hecho de que un comediante haya escrito el prólogo. Ahora Hugo relata en forma de diálogos, en una especie de escenario mental ante un público mental (o algo así, y puede que ese público debamos ser los mismísimos lectores), buena parte de las discusiones literarias que tuvo con La Moro al ir escribiendo el libro. Quien conoce a Hugo diría que esas discusiones y sus correlativos pensamientos deben haber sido tal cual los cuenta, y logra despertar sonrisas, aunque no sé si producirá el mismo efecto en los lectores que no conozcan personalmente al autor. Quizás no. Pero sí sirve para darme la razón en haberme detenido al inicio de esta reseña en esos aspectos aparentemente secundarios y meta-literarios. Creo que queda demostrado que no lo son. Que son parte principal de la obra. En este libro lo que importa es la vida. Y la vida es todo: las fotos finales en las fichas de los autores en las que Patricia Vega es Mafalda y Hugo Gandolfo es Mr. Bean haciendo un fuck you (¿un guiño inconsciente a la profesión del prologuista?); los poemas; las muertes que hay en los poemas; lo aparentemente meta-literario que en realidad no es tan “meta”; la prosa en tono de comedia que relata el proceso de escritura de los poemas; el prólogo correcto escrito por un humorista; y el aviso preliminar en el que Hugo asegura que La Moro también es la autora del libro aunque no haya querido serlo.

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