Karin Eberhard-Martiny y las cartas de su bisabuelo

A propósito de “El Capitán Eberhard. Pionero de la Patagonia”

Por Gabriela Luque / Publicado en La Rama 03 / Invierno 2020

Para presentar este libro de Karin Eberhard-Martiny que tengo en mis manos, recurro a la memoria y a la literatura. Porque leer esta biografía, estructurada a partir de las cartas de Hermann Eberhard Schmidt, recuperadas por su bisnieta, nos abre al derrotero de viajes casi legendarios. Y aunque esta correspondencia nos remite a la segunda mitad del siglo XIX, es inevitable relacionarla con el momento inicial, quinientos años atrás. Es pertinente leer este texto, en el que se entremezclan varios géneros: biografía, cartas familiares, literatura de viajes, historias de vida, como parte de la saga del descubrimiento, conquista y colonización del espacio americano. 

Final y desconocida, la Patagonia Austral nació como aventura desde los tiempos de su arriesgado descubrimiento, en los albores del siglo XVI, y reforzó su condición de hipérbole absoluta mientras avanzaba su temeraria exploración posterior. Entre otras pocas geografías, el extremo sur es, en sí mismo, un espacio fantástico en el que se integran monstruos medievales con navegantes, soldados, pueblos originarios, humanistas y científicos, el territorio de la alteridad por excelencia, la metáfora de la soledad y del olvido, el resplandor de fogatas que nunca terminaron de quemarse, la Última Thule de la modernidad. 

La cartografía de esos prodigios reúne un notable catálogo narrativo: diarios de navegación, relaciones de viajes, relatos de piratas, enciclopedias científicas, biografías familiares y hasta crónicas policiales. La Patagonia fue narrada por los europeos antes de que ellos mismos pudieran emprender la riesgosa empresa de poblarla. Desde el mar, el laberinto de estrechos era sinónimo de largas travesías para navíos y tripulantes, zarandeados por el clima y los arrebatos oceánicos. Cada diario de viaje se convertía en un documento de enorme valor, que serviría de faro a los marinos que intentaran luego rutas similares y, a la vez, tratados de ciencias naturales donde se asentaban detalles de las corrientes, fauna y flora, accidentes geográficos, poblaciones y fuentes de aprovisionamiento. Las peripecias de cada navegante se integraban entonces al relato mayor de la gran odisea marítima de la edad moderna. 

Y así se inserta el epígrafe que se refiere a la Patagonia como una biblioteca inconmensurable, la cifra de todos los relatos del “non plus ultra”, del confín, de la última frontera. Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como una región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. El nombre mismo se instaló en la imaginación occidental como metáfora del final, el punto más allá del cual nadie podía llegar. Así, en el primer capítulo de Moby Dick, Herman Melville usa el adjetivo «patagónico» como calificativo de lo remoto, lo monstruoso y lo terrible y fatalmente atractivo: “Además, los desiertos y lejanos mares por donde revolvía su masa la isla; los indescriptibles peligros sin nombre de la ballena; todas estas cosas, con las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos, contribuyeron a inclinarme a mi deseo.” 

Tan fatalmente atractivo que aquí estamos una vez más, ovillando nuevamente el hilo de Ariadna que nos lleva al libro El Capitán Eberhard, Pionero de la Patagonia, publicado por Guanaco Libre Ediciones, en Punta Arenas en el año 2018, y presentado por su propia autora a comienzos de este 2020 en Río Gallegos, a instancias de la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Estado de Cultura de Santa Cruz. Esta biografía es el resultado de un minucioso trabajo de investigación que se extendió a lo largo de tres décadas, a partir del hallazgo de las cartas que el joven Hermann, sin dudas maravillado por los libros de grandes viajeros, le enviara a sus padres luego de embarcarse como grumete. Ese lote de cincuenta cartas a lo largo de unos ocho años, fue el punto de partida de Karin. De la reconstrucción de la primera parte de la vida de su bisabuelo, con viajes a China, las Filipinas y otros destinos característicos de la segunda gran etapa de colonización de la modernidad, desde el capítulo tercero en adelante nos encontramos con los territorios del lejano sur. Así, se suceden las Islas Malvinas, primero, y luego el recién nacido Territorio Nacional de Santa Cruz y, finalmente, su tierra prometida, la región de Última Esperanza, en Chile. 

Hablé de la memoria y es que al leer este libro volvió a mí la imagen de la chalupa que don Hermann se hizo fabricar para navegar en esta Patagonia, y que se encuentra en el Museo Histórico de Puerto Natales, esa chalupa-tienda de campaña, un ingenioso barco plegable, adaptado para viajar por agua y por tierra. En esa imagen se resumen, varias claves que el libro de Karin pone de relieve: el espíritu aventurero y emprendedor, el ingenio, la voluntad de consignar todo por escrito, la capacidad de observación. La embarcación, como tienda de campaña tomaba una forma semejante a los toldos de los habitantes originarios de estas tierras.

Como tan bien señala su autora, ninguno de los acontecimientos que se narran a lo largo de cinco extensos capítulos, estaría completo si no aparecieran allí otros personajes. Y es esa pluralidad de voces la que se destaca, incluso como promesa de nuevas publicaciones. Una figura, la de Margarethe Wapler, aparece nítidamente y nos abre a preguntas acerca del lugar de la mujer en las tierras patagónicas, en particular en el territorio de Última Esperanza (denominación acuñada por los marineros ingleses del navío Adventure en 1830) que entronca con el derrotero laberíntico al que ya nos hemos referido. Margarethe, su bisabuela, merece de por sí su propia biografía y también alguna ficción histórica. Aunque son pocas las páginas que le están dedicadas, se yergue la presencia de una mujer tan impetuosa como su marido, con formación pedagógica, que pasa de su orfandad temprana en Alemania a trabajar como institutriz en Concepción y Valparaíso. Sus preocupaciones por la escolarización de los niños, comenzando por la de sus propios hijos durante la primera infancia en la estancia Chymen Aike, en territorio argentino, dan cuenta de la importancia de considerarla en un capítulo inicial de la historia de la educación en el territorio.

Otras presencias que aparecen acalladas, pero que son fundamentales a la hora de trazar el recorrido vital del Capitán Eberhard, son los pueblos originarios. Hay referencias a la vecindad de los tehuelches e incluso alguna anécdota no del todo fidedigna, pero no mucho más. Aún así, justamente, uno de los méritos de este libro es el intento de alejarse de una postura maniquea, como podemos observar al consignar el relato oral de una de sus tías abuelas. Si bien la niña había señalado que los vecinos indígenas se llevaban objetos de la casa familiar sin permiso, a continuación se consigna que esto bien habría podido ser una fantasía de la niña. En el conversatorio realizado luego de la presentación, la misma autora invitaba al público a reflexionar acerca del significado del exterminio.

Así, esta biografía aspira a ser algo más que el retrato de un pionero, nombre fundamental a la hora de revisar los viajes de exploración y colonización de la Patagonia Austral. Se destaca una edición bellísima, enriquecida con fotografías y mapas y croquis realizados por el mismo Eberhard. Podría considerarse un texto más a la manera de una historia de vida “ejemplar”, pero, sin embargo, no elude nuevas lecturas que problematicen, a la luz de las líneas teóricas actuales, un momento fundamental en la construcción historiográfica patagónica.

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