Piedras

A propósito de la muerte de Flora Rodríguez Lofredo

Por Sergio Di Leo / Publicado en La Rama 05 / Verano 2020-21

“El reconocido historiador santacruceño Osvaldo Topcic me contó que, como consecuencia de la continua profanación de tumbas con fines científicos, las comunidades tehuelches comenzaron a elegir lugares de poca accesibilidad para realizar sus enterramientos, y que por tratarse de pueblos nómades, era costumbre dejar una piedra en recordación cada vez que transitaban por allí. Este poemario dedicado a la raza primigenia sólo quiere agregar una piedra sobre cada piedra que los recuerde”.

Así explicó Florita el porqué del título, Piedra sobre piedra, y el contenido de su último libro (o anteúltimo, porque el que estaba en proceso cuando la encontró la muerte, verá la luz muy pronto).

Flora Rodríguez Lofredo fue una gran persona, al menos del tipo de personas que a mí más me gustan: entretenida, dispuesta a disfrutar, sin demasiados filtros –y los pocos que usaba los fue perdiendo con la edad– y con un humor siempre a flor de piel.

En los medios locales ya se dijo que había pasado los 90, que nació en España y vino junto a su familia de muy pequeña, que escribió varios libros y obtuvo muchos, muchísimos galardones. 

También se mencionó por ahí que tenía los títulos nobiliarios propios de los que creen que apoyar la cultura es dictar resoluciones de tribuna: ciudadana ilustre, patrimonio cultural viviente, etc. Ella los aceptaba, aún a sabiendas de que la mayoría eran impuestos por personas que a duras penas leerían la tapa de alguno de sus libros, y que no harían nada más que darle un papel y sacarse una foto con ella. ¿Cómo no saberlo si  través de los años dedicó mucho tiempo a mantener funcionando la biblioteca que llevaba su nombre? Porque el reconocimiento había empezado y terminado en eso: darle un nombre y nada más.

Flora es de las personas que uno extraña más después de su muerte, o al menos así me pasa a mí. Personas que uno sabe que están y que puede visitar de vez en vez, compartir un té y seguir viaje, y aunque ese encuentro tenga lugar una vez cada tres o cuatro años, uno sabe que lo doloroso que será saber que no podrá repetirlo.

“Se me termina la vida, Coqui”, le dijo Flora por teléfono, pocos días antes de morir, a su –mi– amigo Carlos Besoaín, a quien le había confiado la edición de su último libro. Pero no lo llamó para lamentarse por eso que presentía, sino para encargarle que terminara la tarea y se encargara de hacer publicar el trabajo. La charla terminó como siempre: los dos riendo y haciendo chistes (me lo imagino a Carlos rojo como un tomate y atragantado como se pone cuando la risa le sale del alma, porque más que reírse, disfruta de compartir la alegría con su gente).

Aunque ya casi no ejerzo el oficio, ya me avisó Carlos que el texto pronto llegará a mis manos para que lo transforme en un libro, como tuve el placer de hacerlo con sus últimos diez trabajos.

Esto no es un texto de homenaje ni un panegírico, ni mucho menos pretende ser un obituario. Solamente es una piedra puesta sobre alguna de las tantas piedras que Flora fue colocando sobre nuestra vida sureña, como símbolo del secreto de una vida espléndida que algunos compartimos.

Permítaseme un consejo: tomen algún texto de Flora de los tantos que andan dando vueltas –especialmente sus poemas y anécdotas– y léanlo. Que una piedra de recuerdo no se le niega a nadie, y mucho menos a una gran mujer.

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