Pirámides, bicicletas y lecturas

Por Sergio Di Leo / Publicado en La Rama 01 / Invierno 2019

Corría en Río Gallegos el año del centenario, 1985, y un espíritu fundacional surcaba las calles y salas de la ciudad.
A principios de ese año, allá por abril, nos habíamos juntado en el primer piso de la Subsecretaría de Cultura, detrás de la Sala Gente del Sur, un grupo de escritores locales: dos muy jóvenes, dos o tres de mediana edad y seis o siete más curtidos y con varios inviernos al hombro (que por aquellos años, en la Patagonia austral nadie contaba primaveras porque casi no había).
La Sala Gente del Sur era parte de un exquisito edificio ubicado en la esquina sudoeste de Perito Moreno y Roca. Allí funcionaba la mencionada Subsecretaría, el Museo Padre Molina y otras dependencias culturales, talleres, etcétera. Cuando se construyó el Centro Cultural, el edificio pasó por distintas manos hasta caer en el actual estado de abandono, pero esa ya es otra historia.
El motivo de aquella reunión de escritores era la conformación de la filial galleguense de la Sociedad Argentina de Escritores, Sade, con el fin de unir esfuerzos para ver concretado el sueño de lograr editar la primera antología de autores locales.
Estábamos Roberto Leydet, Charlotte Fairchild, Ginesa Ramos, Mario Echeverría Baleta, Julio Nervi, Ana Elisa Medina, Jesús Natalio Giménez, Malvina Perazzo, Carlos Besoaín, entre otros. No participaban autores que ya habían publicado sus obras, como Flora Rodríguez Lofredo y Héctor Peña, quienes junto a otros escritores en iguales condiciones integraban la Asociación de Escritores Santacruceños.
Una vez creada la filial y puesto en marcha el operativo mangazo para lograr el apoyo económico para la impresión de nuestra antología, comenzamos a reunirnos semanalmente para conocernos más y compartir algo así como un café literario, leyendo las obras que atesorábamos esperando a ser impresas.
Yo había llegado hacía alrededor de un año a la ciudad y aunque aún no lo sabía, transitaba mis últimos meses como autor literario, ya que pocos meses después abandonaría totalmente la ficción y me dedicaría a la redacción periodística.
Traía como experiencia algunos años de taller literario en San Nicolás, mi ciudad natal, en los que compartíamos no solamente obras propias, sino también de grandes autores, y escuchábamos las creaciones de otros, tratando de crecer y así mejorar las nuestras.
Aquí las cosas eran distintas: nadie escuchaba y no se leía más que lo propio. Cada autor esperaba sin demasiada paciencia en su lugar, a que llegara su turno, concentrado en lo que iba a leer y sin prestar atención al que lo precedía. Al menos, eso sucedía con los más grandes, que sacaban sus hojas ya arrugadas, con la tinta corrida, escritas y reescritas mil veces, esperando siempre esa edición que nunca llegaba, para poder ver impresas sus obras y así sacárselas de encima, cumpliendo aquella máxima de Borges, que decía que un escritor publica para dejar de corregir originales.
Veinte años más tarde, volví a ver ese tipo de comportamiento en algunos cafés literarios, con gente mucho más joven y más formada, que aunque tenía muchas más ganas de comunicarse, igual no había desarrollado la capacidad de absorber las obras de otros.
Destacaba entre todos Charlotte, una mujer afable, con más ganas de conversar que de leer, que escribía para no olvidar y no tener que volver a decir. Había cruzado el país primero a caballo y después en bicicleta, en solitario y siendo muy joven, y desprendía de ella una energía que hacía pensar que los pedales no habían impulsado las ruedas, sino que habían estado cargando un dínamo gigante que aún acumulaba suficiente voltaje para alumbrar nuestras vidas.
Otro que compartía con Charlotte la pasión por las letras y los pedales era Jesús, que aún no era el Poeta de la Bicicleta, pero ya despuntaba el vicio de recorrer las calles con sus poesías para vender, seducir o agasajar.
Así conocí a los escritores galleguenses, que sin ánimos de generalizar, tenían por entonces –y aún tienen– rasgos en común: eran mejores escritores que lectores; llegaban a la literatura más dominados por la necesidad de sacarse las palabras de adentro que por lograr que llegaran a alguien; las historias y sensaciones que tenían para volcar en el papel eran más grandes que las palabras que conocían para expresarlas.
En resumen, autodidactas que se hablaban a sí mismos a través de un papel, reflejando la soledad patagónica, esa cosa nuestra de compartir todo y no decir mucho, de encarar grandes proyectos sin averiguar primero si nos alcanzarán las herramientas y los materiales.
Con todo, tuvieron la valentía de crecer, de mejorar, de adaptarse a los tiempos. La Antología finalmente se editó y muchos ejemplares aún andan dando vueltas por algunas bibliotecas, y poco a poco se fueron sumando libros, aparecieron grupos literarios y cada uno siguió a su ritmo, con escritores que no leen y lectores que los ignoran.

Destino local

Aquel grupo del primer centenario construyó muchos de los cimientos en los que hoy edifican sus castillos de cristal quienes los critican o ignoran.
Muchos de sus integrantes no fueron grandes escritores, pero sí grandes personas, que no dudaron en ponerse la Sade al hombro y lograr pequeños y grandes triunfos para autores que ni siquiera conocían.
Algunos fueron reconocidos. Sus nombres están en ciertas calles, en determinadas salas, salones y bibliotecas.
Un curioso homenaje fue el que les rindieron con la construcción de la Plaza de los Poetas, entre las calles Beccar y de los Inmigrantes, frente al cementerio local. Allí se ubicaron varias placas sobre una pirámide y en distintos monolitos, con fragmentos de poesías y el nombre de los autores. Todos felices con el homenaje, pero sucedió lo que nadie esperaba.
No haré nombres, pero resultó que poco después de inaugurada la plaza, se produjeron los fallecimientos de dos de los homenajeados, y algunos de los otros escritores tomaron nota de que sus nombres estaban sobre una pirámide (a la que se le confiere el poder de focalizar energías) justo enfrente de una necrópolis. Conclusión: se estaba gestando una especie de Destino final a nivel local. La consecuencia fue la lógica, Sigilosamente y en plena noche, los sobrevivientes comenzaron a retirar sus propias placas de la pirámide, para cortar el maleficio en ciernes. Fue así que la plaza cayó en el abandono, hasta que a finales de 2007 se la reconstruyó, sin reponer las placas retiradas y con una concepción más amigable, y todos contentos.

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