Quedarse

Por Alberto Chaile / Publicado en La Rama 02 / Verano 2019

Era temprano. Faltaba más de media hora para abrir la escuela. Estaba sentado, tomando unos mates, mirando por la ventana el ventoso amanecer. Ella asomó entre el caserío. Venía como arrastrada por el viento que remolineaba matorrales secos de amarillentos arbustos. Yo la había esperado muchas tardes en estos largos meses. Ella, a pesar de mis reiteradas invitaciones, nunca me había visitado. Cebé otro solitario mate, sin dejar de ver como se acercaba. Cuando llegó, golpeó con desesperación la puerta. 

–Pase, pase –dije, sin moverme de la silla. 

Manoteo el picaporte y abrió. Junto con ella entró una ráfaga de viento que sacudió los cortinados desteñidos de la vieja casa.

–Disculpe, señor director, pero no voy a poder atender a los chicos –dijo y apenas pudo cerrar la puerta ayudada por el peso de su frágil cuerpo.

No supe qué decirle. Tenía la esperanza de que tal vez, esta vez, a diferencia de lo que me había sucedido con otras maestras, la cosa fuera distinta. En pocos días más iban a hacer ya seis meses desde que había llegado para cubrir el cargo vacante en la escuela rural. Nada hacía pensar que no fuera a quedarse unos seis meses más. Todo lo contrario. Ella se mostraba cercana a los pocos chicos que tenía como alumnos y alimentaba en mí la esperanza de confirmar su permanencia en el cargo y darnos así un poco de tiempo para conocernos. 

Pero ahora, de solo verla –con esa mirada desesperada de esos ojos irritados por el persistente polvo que, como si fuera una pesada bruma, permanece hace no sé cuánto entre nosotros– supuse que indefectiblemente venía a decirme que se iba. 

–No soporto más esta soledad –agregó, frente a mi silencio contemplativo y dejó caer una lagrima que recorrió la sequedad de su mejilla, dejando, en su pasar, un surco que resaltaba el color cobrizo de su piel.

Me dio pena el verla lagrimear, doblegada y sin voluntad. Tuve, en un primer momento, el deseo de pararme y abrazarla. De satisfacer así eso que tan celosamente había contenido en todo este tiempo desde que la conocí. Pero no hice nada. El temor a ser rechazado, o a que mis sentimientos no fueran correctamente interpretados, fue más fuerte y determinante. Tanto que no atiné ni siquiera a insinuarle que a mí también se me hacía insoportable la soledad. Que, aunque era cierto que la doblegaba en edad, y que, como dijo al pasar a los pocos días de su llegada el comisario a cargo del puesto policial, ella podría ser tranquilamente mi hija; no había nada de malo en arrimar un poco las pilchas, en acortar las distancias, en probar eso que seguramente no pasaría de ser una soledad compartida entre dos almas dejadas a la buena dios en medio de esto que no llega ser un paraje rural.

–Vine a pedirle que me cubra un par de días con los chicos –dijo y se refregó la cara con las dos manos–. Voy a aprovechar que la camioneta del puesto policial va a hasta la capital para que me lleve.

–¿Y, qué piensa hacer en la capital? –pregunté usando un tono lo más amigable posible.

–Voy a consultar si puedo tener otro destino –respondió ella.

–No se preocupe por sus alumnos, yo se los veo, pero tómese un amargo antes de irse –propuse temeroso, medio titubeando.

Ella se acercó un poco, estiró la mano, rozando apenas mis dedos y agarró la calabaza tibia. 

–Los chicos la van a extrañar, se han encariñado con usted y, sí no vuelve, les va a doler un poco –agregué en un intento de conmover algunos de sus sentimientos.

–A mí también me duele dejarlos, pero se me está haciendo difícil –contestó y agachó la cabeza. 

–La entiendo. A mí, me pasaba lo mismo. Y más de una vez estuve a punto de subirme a esa camioneta y salir a buscar en la ciudad lo que no encontraba en este lugar. Pero me fui quedando. Y ahora ya me siento parte de esto. Yo, ya no me puedo ir –dije, resignado, buscando emparentarme con su situación.

Afuera empezó a llover. El agua para nosotros es como una bendición. Cuando cae por estos lados es lo único que puede parar al viento.

–¿No quiere antes pasar por la escuela a despedirse?, los chicos ya deben estar por llegar –propuse en un intento de demorar su partida. 

No alcanzó a responderme. El ruido de la camioneta policial que se detuvo frente a la casa distrajo su atención. Le dio una última chupada a la bombilla del mate y me lo devolvió, sin siquiera mírame, como avergonzada de lo que estaba haciendo.

–Nos vemos pronto –dijo, a modo de despedida, antes de salir.

No alcancé a contestarle. La puerta se cerró y ella ya no estuvo para que pudiera decirle algo. No sé qué le hubiera dicho. Aunque sea para desearle suerte. Pero ya no estaba. 

El ruido de la lluvia que castigaba el techo de chapa no alcanzaba para llenar el vacío que quedó luego de su partida. Sentí una vez más como si el abandono se me aferrara al alma. Cebé otro mate y lo tomé sin respiro. No debería quedarme así, sin hacer nada, pensé. Me abrigué y salí. A pocos metros me esperaban, en la casita que usamos como escuela, los chicos, con su bulliciosa presencia.

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