Víctor

Por Norma Donoso / Publicado en La Rama 01 / Invierno 2019

Encontré en el campo un pedazo de disco viejo, de vinilo, de plástico, pensé -RCA Víctor.
Eran para mí solo dibujos en un fondo negro.
-¡Jaime! –
-Jaime, qué hacés chiquillo.
-Encontré esto en el campo, patrón.
-Sabes que dice ahí?
-No patrón, no sé.
-Ahí dice “Víctor”, como te llamas vos.
-No, no lo sé patrón, no sé leer.
Mi patrón agarró un palito y escribió en la tierra: “V í c t o r D o n o s o”.
Durante muchas tardes hice lo mismo, dibujaba en la tierra con un palito: “V i c t o r D o n o s o”.
Así comencé a escribir mi nombre, dejé de firmar con una cruz o mojando el dedo en una almohadilla.
Hasta que un día la encontré. La veía detrás del mostrador, mientras acarreaba bolsas de harina al depósito de la panadería. Tuve miedo de hablarle, no saber leer ni escribir me daba vergüenza. Rogaba no me lo preguntara nunca.
Compré pan una tarde, me deslizó los dedos por debajo del paquete de galletas.
Comenzamos a conversar, tímidos valientes a la vez. Apenas dieciséis años cada uno.
-Jaime, Ud. sabe leer? – dijo sonriendo.
-No, señorita Laura, lo poco que fui a la escuela no me alcanzó para aprender.
Ella no me rechazó por esa condición.
Me dijo,
-Jaime, quiere que yo le enseñe a escribir?
La vida comenzó a sonreírme, ella lo hizo posible, aprendí.
Comencé a escribir cartas, a leer libros, a viajar con cada historia que leía.
Y fui feliz. Hasta que la vida me dijo hasta aquí te acompaño. Ella se fue.
Un día parece eterno, cuando apago las luces de la cocina y ella no está conmigo,
Y el amanecer parece la noche, cuando despierto y ella no está al lado mío.
Treinta y siete años es una eternidad, compleja manera de contar el tiempo que me regaló.
Suena el timbre del teléfono. Claro, pero si es domingo, mi hija llama y recordamos la bendición de haberla tenido.
Hoy no tengo a quien escribirle. No sé si ella lee los poemas que le escribo en cada papelito que descarto cuando me sirvo el té, por la tarde.
¿Será que está al lado mío?
El invierno me despoja de las miserias, congelando el tiempo y el devenir de otro día. Una taza de té helándose en la mesa, y mi corazón entumesido repite su nombre, como si mis susurros la acurrucaran en este vacío.
Vivo por ella, sueño por ella. Leo y escribo por ella.
Jaime.

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