6 de abril

Aldea Global / Sergio Di Leo

“Si el judío es pobre, es tacaño. Si es ríco, es explotador. Si se aisla, es sospechoso; y si se intregra estáconspirando. Si trabaja mucho quiere dominar el mundo, y si no trabaja es un parásito. Si defiende su tierra es agresor y si no lo hace, es cobarde. Si habla, se victimiza. Si calla, algo trama. El antisemita, por su parte, no necesita lógica. Sólo necesita un judío”

El 6 de abril cumple años quien fue un gran amigo, uno de los que más quise en mi adolescencia y con quien me hubiese gustado seguir compartiendo la madurez. 

El 6 de abril de cada año, en 40 años que no nos vimos, me acordé indefectiblemente de que era su cumpleaños, y lo saludé en silencio.

Con Ezequiel –que así se llama– no nos peleamos ni nada parecido. Simplemente las decisiones nos separaron: él se fue a Rosario a estudiar, después yo me fui al sur y cuando empecé a volver él ya se estaba yendo a España. 

Nos vimos allá por 2011, en una reunión de excompañeros de secundaria. De mi parte al menos el cariño sigue igual, pero ya no podía llamarme amigo –aunque quisiera– de alguien de quien ni siquiera sabía los nombres y edades de sus hijos, y viceversa. 

Me quedó el convencimiento de que si la geografía y el tiempo lo permitiera, hubiéramos seguido siendo amigos como hace 45 años, y yo estaría orgulloso de eso.

Escribí algo al respecto hace unos años, y nos reencontramos virtualmente primero, y en dos viajes que hizo, después, y nos mantenemos desde entonces afectuosamente comunicados. Ya sabemos más de nuestras vidas y solo queda la cuenta insaldable de los años que no pasamos juntos.

Por una de las raras vueltas del loco jugador de dados que es esa convención que llamamos calendario, el 6 de abril de cada año, desde 1983, también se cumple un aniversario de la muerte de mi viejo, Tito.

De él me queda la idea de padre; la herencia de la pelada y la miopía; el apego a las letras, al olor a tinta, a tratar de saber algo nuevo cada día; la cara de culo y el humor siempre presente.

También me dejó cosas malas, pero prefiero que las enumeren otros, que este es mi espacio y pongo lo que me conviene.

En estos días me acordé de ambos, y no por buenos motivos. Con mi viejo nunca hablé de discriminación, racismo o antisemitismo, según recuerdo, pero estoy seguro de que estaba muy lejos de él avalarlos o soportarlos.

Ezequiel es judío. Tampoco lo hablé con él, pero por estar cerca vi pequeños y grandes actos de discriminación, de trato diferente, como si ser de una familia judía lo pusiera en una categoría humana distinta al resto. No sé qué pensaría él o cómo lo sentiría, pero yo sí lo veía y ya entonces me molestaba.

Con el tiempo, el racismo en general y la judeofobia en especial se me han hecho cada vez más intolerables. Por eso, escuchar o leer a personas emitir juicios o proferir acusaciones basados en preconceptos de xenofobia y racismo, me llena especialmente de espanto y bronca.

Más de una vez leí en Facebook que alguien trataba a los judíos de “esa gente”, otras veces aparece en algún grupo de whatsapp, de esos que fervorosamente esquivo, la expresión “negros de mierda”. Ejemplos hay a montones, a diario, y no vale la pena detenerse demasiado en ellos.

Cuando se limitan las libertades por rzones políticas, económicas o mentales, y cuando pasan cosas que nos superan –como el inhumano y despiadado ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023– lo difícil es mantener los principios, no estigmatizar, no caer en explicaciones idiotas para problemas complejos, no buscar enemigos donde solo hay iguales, sufriendo como nosotros.

A veces la religión, bastante seguido los populismos y siempre los fascismos, están listos para identificar un problema, relacionarlo con un grupo o una costumbre que no sea la mayoritaria y echarle la culpa a esa minoría. 

En el medio, las víctimas son los discriminados, pero también los discriminadores, que pierden tiempo, valores y fe atacando a los espejos que aún no han reconocido como tales.

A veces, la discriminación se presenta bajo un solapado manto de orgullo nacionalista, otras con preconceptos como que los nativos de tal país son trabajadores, los de otros son matufieros o poco informados, o de mentes simples que no les permiten disfrutar de las complejidades de las que sí gozamos nosotros.

Otras, se esconde detrás del localismo: los que roban son de otro lado, vienen a quitarnos el trabajo, antes vivíamos mejor porque nos conocíamos todos, etc.

Somos semejantes, vivimos en sociedades cada vez más complejas, interconectadas en cada vez más aspectos y al mismo tiempo más alejados entre sí sus integrantes. Muchas veces sabemos –o creemos saber– más de los habitantes de otros continentes que de nuestros vecinos de la cuadra. Y llenamos esa falta de conocimiento con creer que nuestros vecinos son iguales a nosotros, y si nos va mal es porque hay algunos que no lo son y hacen lo opuesto a lo que haríamos.

Y así todo.

Lo cierto es que, como decía, vivimos en sociedades complejas. Evitar caer en la tentación de simplificar todo a fuerza de encasillamientos y preconceptos no es la mejor receta, aunque mucha veces nos tiente porque es lo que tenemos más a mano.

Sé que es difícil hacerlo cuando las más altas autoridades de tu país caen una y otra vez en simplificaciones, discriminaciones y califican como inferiores a todo un sector de la población. Antes la derecha, ahora la izquierda. Antes los “neoliberales” y ahora los “progres”. Siempre los otros, los que no muestran las mismas convicciones, los que quieren llegar a la misma meta de pertenecer a un buen país, pero proponiendo otras vías. 

Una buena persona lo es más allá de nacionalidad, ascendencia, creencia religiosa o pasión política. Entenderlo es comenzar a vivir un poco mejor.

Sergio Di Leo

Periodista

Córdoba (Capital)

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail revista.larama.2019@gmail.com

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