Sobre Baldío, de Víctor Villagra

Un joven poeta de Fiske Menuko/Gral. Roca encuentra modos de vivir juntos

Reseña / Mauro Moschini

Estaba yendo a la biblioteca del Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA) a retirar mi ejemplar de Baldío cuando me crucé con Víctor Villagra, su autor. Él, que tiene solo veinticinco años, estudia violín en ese lugar, pero además vive muy cerca, así que fuimos a su casa porque quería regalarme un ejemplar de Gesto muerto, su primer libro, que salió con el sello Yzur en 2020. Me confesó que esos poemas lo avergonzaban un poco, y yo le recordé lo que escribió Daniel Durand: “No tirés nunca lo que te da vergüenza”. 

Pero ahora lo leí al libro y entiendo de qué me hablaba. Hay varios defectos en los poemas de Gesto muerto.  El principal es que no suenan ni originales ni verdaderamente sinceros. Son la reelaboración de tonos y recursos tomados de poéticas ajenas. Sin embargo, ya están allí las palabras clave: cuerpo, infancia. Y un lugar imaginario para la poética venidera: “lo que caen son tus años / que hoy mueren entre césped seco de terreno abandonado”. 

Está claro que Baldío es un libro más maduro. Será porque su autor está más grande, además de que, para prepararlo, hizo una clínica de obra con el escritor entrerriano Felipe Hourcade. Acá ya no hay retórica de segunda mano. Miren, por ejemplo, estos versos: “Aquel hombre es / un gato que ha olvidado / cómo matar gorriones”. 

Son de un poema que está en la primera sección del libro (que no tiene título y está precedida por un verso de Blanca Varela) donde se trata de extremar la capacidad de mirar. Y lo que se mira principalmente son cuerpos: el propio, el de un gato, el de un hermano, el de ese hombre “de mandíbula filosa”. El poeta mira hasta exasperarse, como se ve en el último poema de la sección: “Estoy perdiendo el filo / me digo / estoy perdiendo el filo y no puedo ver / más allá // (esto es lo que hay)”. 

En la contratapa los editores hablan de “ansias de absoluto”. Yo creo que lo que hay en esa mirada es deseo de intervenir en lo concreto, comenzando por desautomatizar la percepción. Se pierde el filo (la capacidad de actuar sobre lo concreto) cuando la realidad aparece como algo dado (“lo que hay”). Esa desautomatización no surge de una revelación metafísica. Es un trabajo sobre la mirada, el cuerpo y el lenguaje que no se hace de una vez y para siempre: debe renovarse cada vez que encuentra su límite, cuando la percepción pierde su filo. 

Consecuentemente, en la segunda sección (encabezada por un verso de Irene Solá) se pasa al diálogo, que no es para nada “platónico” a pesar de que esa palabra aparezca en un poema. Se trata de un diálogo cargado de deseo sexual: “Tu lengua pampa húmeda / tierna aspereza / lustrando mis huellas // Deslizo los dedos / sobre aquel laberinto / como espuma que recorre desde el cuello / a los muslos / pasando por el pubis”. Es diálogo y no comunicación transparente, con un sentido garantizado: además del encuentro de los cuerpos, hay puertas que se cierran en la cara, despedidas. 

Tampoco hay absolutos en el modo en que se piensa el tiempo en la tercera sección del libro: “Enfrente de casa hay un baldío / que es como una selva barrial / (nunca nos atrevimos a entrar) // ¿Quién en su miedo infantil / intentaría entrar al Hades? // mientras el cancerbero protege su puerta / nosotros jugamos / en las montañas de arena / que papá usará / más tarde / para ampliar la casa”. Presente, pasado, futuro, memoria y experiencia componen el entramado del que está hecho el vínculo con la familia, en el que se cifra el paso del tiempo, la Historia. O dicho de otra manera: el tiempo, considerado en términos históricos remitirá a la reproducción, aunque esta no necesariamente deba sujetarse a la jerarquía patriarcal, que es retratada como algo un tanto ridículo: “A la hora de la cena / atendés una llamada / mentís / y al cortar / sos un jefe de familia / sentado / en la punta de la mesa / con un plato frío / y la mirada perdida”. 

Sin embargo, en el poema que le sigue, leemos: “Juro que regué el jardín / lo juro // Y no sé qué más hacer / para que papá / confíe / en / mí”. Es la vida lo que importa, no las jerarquías preestablecidas. En otro de los poemas de la última sección, leemos: “Ustedes dicén amén / yo digo tal cual / ustedes creen que así debe ser / yo que así también, por qué no”. El vínculo familiar se sostiene porque es necesario –para sostener la vida– seguir viviendo juntos. 

Mauro Moschini

Profesor y Lic. en Letras (UBA). Escritor.

General Roca. RN.

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