A modo de Obituario / Juan Héctor Roldán

Francisco «Panchi» Vera, en Caleta Olivia, 1984, cuando hacían Ventana al Sur, junto a Javier Gil, Ricardo Cañizares, Juan Héctor Roldán y otros colaboradores y amigos.
¿A quién se le puede ocurrir la idea de morirse, Panchi? Mala idea, muy mala y así fue que te fuiste llevado por una ráfaga repentina en una tarde caletense. Llevado, como tantas cosas hemos visto que se lleva el viento en la Patagonia. Y lo único que se me viene a la cabeza son unos versos de Miguel Hernández: “No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta”. Esa vida que miró para otro lado y dejo que te fueras.
Mala idea, Panchi, de un viento que siempre nos azotó y nos seguirá azotando y así como te llevó, a mí me trajo un torbellino de recuerdos, entonces comienzo a escribir estas palabras y solo las puedo escribir como si estuviéramos frente a frente, como tantas veces, hablando. Porque puedo fingir que seguís estando y que te sigo escuchando, esa es la magia que descubrimos en las palabras. Ellas pueden crear, ellas pueden vencer la muerte y volver el tiempo atrás. Muy atrás, y acá estamos de nuevo con 15 años encontrándonos en la terminal de colectivos del pueblo compartiendo las letras de El lado oscuro de la luna, y comenzando a construir nuestra amistad.
¿Leíste El Negro del Narciso? Me preguntaste una vez, y salíamos a recorrer las calles del pueblo que no tenía una librería, a husmear algunos anaqueles de comercios escolares donde permanecían algunos libros. Recuerdo la alegría de encontrar algo, el regocijo de su lectura. Salinger, 9 cuentos, ¿lo conoces? Y luego hablar por horas. Era un pueblo pequeño a la orilla del mar, era la dictadura. Todas las noches la cana nos paraba y nos amenazaba con cortarnos el pelo. Le mostrábamos los documentos y nos íbamos a leer haikus en la pieza de chapa y piso de cemento de tu casa, mientras afuera soplaba el viento.
Milicos de mierda, puteábamos y soñábamos con futuras revoluciones mientras empezábamos a garabatear nuestros primeros versos a puro puño y birome. Debo reconocer que siempre fuiste un poeta más certero, preciso y sensible que yo. Lo digo siempre con renovada envidia.
De tanto caminar nos fuimos encontrando con amigos. Con ellos andábamos por la calles de Caleta siempre doblando a la izquierda porque jamás se dobla a la derecha. Y otros amigos como Armos y Javier que nos ofrecieron un espacio en su programa de radio “Mil dedos” en LU 21. Una media hora de poesía en la meseta, poesías que leíamos y se volvían ondas radiales en el espacio. Curiosa magia. Atrevidamente, y protegidos por la misma Patagonia que de tan lejana pasaba desapercibida, leímos Ernesto Cardenal y poetas latinoamericanos, también poesía Dadá y poetas locales. Sería el 82, los milicos empezaban a desmoronarse y nosotros soñábamos con la libertad y la literatura. Conseguimos de alguna manera una máquina de escribir (en la mía no andaba la s) y seguíamos escribiendo. Entonces, hicimos el primer poemario Eternal. Allí publicamos nuestros poemas, los de Ricardo Cañizares, dibujos de Pichi Vidal, entre otros. Más adelante vino Ventana al Sur, donde vos, Caroli Williams, Cristian Aliaga participaron. Pero acaso ¿eso me importa ahora? Ahora que no estás y parafraseando a la biblia volviste al polvo. Y solo al polvo porque lamento no creer en Dios para encontrarte en algún lugar mejor y preguntarte: Panchi ¿qué estás leyendo? ¿Ey, Vera, qué estas escribiendo?
¿Y sabes lo que recuerdo? La pobreza de nuestras casas. De la tuya y la mía, baño afuera o a medio terminar, paredes sin revoque o de chapa y la tierra entrando en pequeños torbellinos por los resquicios de las ventanas y las puertas. Y allí sentíamos que los libros nos elevaban sobre todo eso, sentíamos que ser capaces de escribir nos elevaba sobre todo eso. Que todo lo que vivíamos podía ser atrapado por nuestras palabras y con eso embellecido.
Porque siempre buscaste la belleza, porque siempre trataste de atraparla con una estrategia casi oriental. Y es así como veo tu poesía, como un cuadro japonés, como un trazo sutil de tinta sobre un lienzo. Mala idea. Mala idea esa de morirse.

Juan Héctor Roldán
Escritor. Poeta / CABA
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