Cómo matar a un rinoceronte

Narrativa / Carla Rojkind

Desde la cama hasta el baño intento ignorarlo. Los ojos hinchados del sueño (el mal sueño) me ayudan a ver todo borroso. Él tiene mala vista, pero su agudo sentido del oído hace que mis pies torpes sobre la madera vieja lo alerten enseguida y comience su asedio. Todo el tiempo tengo esto presente: mi rinoceronte no me ve, pero me huele y me oye. Sus poros se abren como pozos de té sucio cuando mi transpiración es más fluida, en verano, por ejemplo, que es cuando mi piel suda olor a jarabe afiebrado. No fija sus ojos en mí sino sus miles de poros, negros, sin fin, latientes, con rebordes gordos insaciables. Sus miles de poros apuntan hacia mi cuerpo en un departamento de treinta y ocho metros cuadrados. En el baño, la primera luz del día me daña los nervios. Sentada desde el inodoro, con el frío del primer contacto de la porcelana, veo al centinela justo frente a mí. El odio tan temprano en el día no es tan fuerte. Es más bien un malestar, una puntada de resentimiento que espanto con el movimiento del cepillo de dientes. Enjuagarme la cara con agua tibia siempre me da la esperanza de que sea un mejor día, de que mi rinoceronte desaparezca por un rato. Pero hace veinte años que lo único que hace es crecer y engordar, y comer todo a su paso con parsimonia y asco. Mientras me visto, respira tan cerca de mí que puedo sentir su vaho caliente, un vapor que me humedece la espalda, un olor a tierra podrida y vísceras. ¿Cómo puede ser, un rinoceronte que huela a carne? Huele y no puedo evitar creer que se come sus propias heces, sanguinolentas, verdosas, escurrientes… en mi piso de madera nunca las encuentro, nunca debo limpiar. Respira tan cerca de mí ese humo gris y yo empiezo a lagrimear. Me pongo un jean haciendo un gran esfuerzo, porque se pega con ese agua que fue el vapor de su nariz. Me pongo una remera y se adhiere a mi cuerpo como en un baño termal. Y el cuero cabelludo me transpira, mientras me maquillo, de tan cerca que lo tengo de mí todo el tiempo. Lento, se mueve pegado a mis pies, tan pegado que siento que está atado por una cadena invisible que hace rechinar las tablas. En la cocina, la pava al fuego, el sol que entra por la ventana del lavadero, un día hermoso, mi rinoceronte se sienta a esperar el primer bocado. Todo lo que yo coma él debe comer también. Huevos con queso, manzana, mate, galletitas de sésamo, jugo, mandarina, pan de queso. Todo lo come con lentitud y lo veo volver a comerlo una y otra vez, cuando sube y baja por su garganta, haciendo tiempo para el siguiente bocado que depende de mí, de mi fuerza de voluntad. Y ahora sí, en esta instancia el odio comienza su camino irrefrenable a un día de frustración. Tengo que irme, rinoceronte, y necesito que no salgas, no vengas conmigo, no pueden verte. Pareciera que se hiciese chico en una esquina del living, junto al sofá. Su piel se arruga en pliegues secos. Parece una pila de cemento, que amenaza la seguridad de mi piso, el piso que tengo que pisar. Salgo evitando los espejos que me recuerdan que no me mira. Me pongo perfume que al rato dejo de sentir. Mi olor animal gana terreno sobre la fragancia importada y el almizcle natural, sobre todo. Animal sudoroso, seboso, hambriento, eso huelo. A eso huelo. Al salir del ascensor, busco la dirección exacta. El médico queda cerca, solo unas diez cuadras. Dejé a mi rinoceronte en casa; pero no está en casa, está conmigo, lo veo a unos metros, arrastrándose entre la gente ignorante de su misión. Lo veo en el reflejo de un ventanal. Él no me ve, pero me escucha y me huele, y mi olor es tan intenso que él avanza directo entre las personas sin desviarse, sin dudar. Llego al consultorio. Tengo miedo de que entienda, contra todo pronóstico, contra toda lógica animal, que entienda por qué estoy ahí. En el consultorio, me hacen pasar y yo miro sobre mi hombro todo el tiempo, me remuevo inquieta en el asiento. Quiero llorar y no lo hago. No debo mostrar duda, eso me dijeron. No le muestres ni un atisbo de duda al doctor o no lo hará. La secretaria tiene muchas arrugas por su delgadez. Está pasada de sol, con las uñas larguísimas. Corrobora mis datos, el pago adelantado, y me dice que me siente donde quiera. La sala es muy grande y me recuerda los sueños en los que yo soy una pequeña diminuta figurita infantil en un salón inmenso de pisos a cuadros negros y blancos y gigantes me persiguen de una punta a la otra y esa tortura continúa hasta que despierto. El doctor me llama a la media hora. Tiene las manos transparentes de tan limpias, la cara rosada y ojos amables, pequeños y brillantes como bolitas de juguete. Me inspira confianza. Es alto y eso me gusta. Me gustan los doctores altos. Cierra la puerta y yo siento que mi rinoceronte no sabe dónde estoy. Todo huele muy limpio, todo se ve blanco, como un quirófano, todo es brillante, luminoso, lavandino. Estoy sola por un rato. Con el médico, claro. Él me explica en un papel los pasos. No me pregunta si estoy segura, lo da por hecho. Primero, escribe, debo asegurarme de que esté dormido. Sí, duerme. Si es posible, tengo que humidificar el ambiente con grasas avainilladas y yuyos mentolados para que el sueño sea profundo. Lograr que llegue a un estado de seminconsciencia puede demorar unos diez o quince minutos. El paso siguiente es el más difícil. Saca de un cajón una larga y gruesa aguja de tejer con la punta tan afilada que la luz se concentra en su ápice milimétrico y emana haces en todas direcciones. Debo clavar la aguja, me dice y lo escribe, en uno de sus costados, justo en el centro de su cuerpo, hasta el fondo, hasta no poder siquiera sostenerla. Meterla y, en los últimos centímetros, empujar con algo, porque mis dedos no serán capaces de hacer esa última presión, para que la aguja ya no se vea, para que desaparezca por completo en la carne dura que, aunque no lo crea, me dice el doctor, sabe a pollo. El tercer paso es esperar. Debo sentarme muy quieta, paciente, con un libro en el regazo, un agua con limón a mano, alcohol para desinfectar, y esperar. Al día siguiente, mi rinoceronte no se levantará, pero seguirá vivo. No podré ir a trabajar ni dormir. No puedo abandonarlo en ese momento. Lo oiré quejarse y le daré compresas para mitigar el dolor. A los cuatro días, intentará incorporarse y no debo asustarme. No podrá hacerlo. Sólo por si acaso, y sólo siendo excesivamente precavidos, me dice el doctor, tengo que presionar el lugar donde ingresó la aguja, y eso lo adormecerá. La vainilla y la menta pueden combinarse con el alcohol y apaciguarlo. Al décimo día, apenas se moverá. Se verá más pequeño porque no ha comido. Yo no debo comer para no tentarlo, para no alimentarlo a través mío. A las dos semanas, mi licencia en el trabajó habrá terminado. Habré gastado todos mis días de vacaciones y podré ir a la oficina. Mi rinoceronte seguirá en el living respirando tan ínfimamente que el vaho apenas si será capaz de mover la pelusa de un lugar al de al lado. Durante dos meses, se irá consumiendo, se comerá su propia carne pollosaborizada, su sebosa piel dura y porosa. Es importante que recuerde esto: él no puede verme, solo escucharme y olerme. Debo estar limpia y sentada al principio, las primeras semanas. Todo será más fácil porque no puede verme, me repito. Al término de dos meses, escribió el doctor sin hablarme y sin levantar la vista, será lo suficientemente pequeño para que haga con él lo que quiera. El doctor me despide con una sonrisa, me lleva a la oficina de cobranzas, donde toman todos mis ahorros por una miserable aguja, y salgo a encontrarme con mi rinoceronte. Allí está, claro, en el césped frente a la calle. Tiemblo y quiero llorar. Vamos a casa. Tengo la aguja en una bolsa con el logo del centro médico impreso fuera. Siento que la gente sabe lo que sucede. La hoja en la mano derecha tiembla mucho, hace ruido, es un cencerro que llama a mi rinoceronte. Será tan pequeño que podré hacer con él lo que quiera. 

Carla Rojkind

Escritora / Neuquén. N.

Instagram @fermina_lectora buenísimo

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