Corregir o no corregir

Ecosistema Literario / Ariel Di Leo

“La corrección no se limita a cazar erratas ni a revisar tildes. Es el paso en el que se consolida la profesionalidad de un manuscrito y en el que se evitan errores que pueden hacer tambalear la credibilidad del autor. Un libro mal corregido desluce incluso el mejor de los contenidos, mientras que uno bien corregido gana en fluidez y en solidez.”

Arranqué mi columna transcribiendo un párrafo completo, y ahora, la continuo agregando un link: https://marianaeguaras.com/blog/ . Ambos pertenecen a la excelente página web de Mariana Eguaras, consultora de amplísima trayectoria en la industria editorial de habla hispana. Ella no sólo ha trabajado y trabaja con los más grandes sellos editoriales de América y España, también aconseja y publica libros, guías, y artículos dirigidos al autor que se autopublica. Si alguno de ustedes decidiera hacer click sobre el enlace y mi columna terminara aquí, yo igual sentiría que esto ha tenido sentido, que ha sido importante.

La cantidad de escritores noveles (y no tanto) que le esquiva a la corrección de un texto por parte de un extraño, o que confunde corregir con buscar errores de ortografía o tipeo es abrumadora. Las frases que acompañan esa negación a corregir suelen repetirse: “no quiero que me cambien lo que quiero decir”, “yo tengo muy claro de qué trata el texto y como interpretarlo”, “yo escribo con muy pocos errores de ortografía y con el corrector del Word me alcanza para ver si se me pasó alguno”… El más tonto de todos, “no tengo tiempo, porque no llego para presentarlo en tal o cuál concurso o feria”.

Un texto, antes de ser el archivo original con el que se imprimirá un libro, debería pasar (como mínimo) por estas etapas: una lectura crítica, una corrección de estilo, una corrección ortotipográfica. El autor, si se autopublica, deberá encontrar para cada una, la o las personas idóneas. Si publica a través de una editorial seria, recorrerá cada uno de estos pasos en compañía del editor y con los colaboradores por él propuestos. Si éstas etapas corren por su cuenta y cargo, no está publicando con una verdadera editorial, sin importar cuál sea la razón social de la empresa y el logo que tenga en la tapa. 

La lectura crítica se debe solicitar a alguien con ejercicio constante de lector, que pueda mirar el texto desde el punto de vista de la estructura, el ritmo, el interés, su coherencia. Bastante más que un me gusta. Descartados la tía, el amigo, la profe, “los que me quieren tanto”. Se trata de encontrar crítica constructiva y no aliento.

La corrección de estilo debe encararse con alguien que pueda aportar una mirada editorial, y digo “encararse con” porque es algo que se hace de a dos: autor y corrector. Es un ida y vuelta que no persigue cambiar el estilo o el sentido de lo que se dice, sino la claridad y precision indispensables para que pueda ser dicho. Apunta a lograr que el texto fluya ágil y sea coherente con el tono discursivo y el género literario en el que está enmarcado.

La corrección ortotipográfica revisa el escrito atendiendo a la cohesión formal del texto, al uso uniforme de la puntuación, de las mayúsculas, de las abreviaturas, etc. La revisión final, luego del maquetado, apuntará a peinar el texto de errores de tipeo y pormenores visuales, tales como mancha tipográfica, viudas, huérfanos y otras particularidades de compaginación. Se necesita aquí, una mirada atenta al detalle, con conocimientos de las convenciones y los usos y costumbres lingüísticos, y con un criterio amplio.

Desafío a cualquier escritor a que me demuestre que puede cumplir con solvencia estos tres roles, además de haber escrito un buen texto (descarto que quiera publicar un libro si todavía no pudo pulir un buen texto). Es cierto que puede resultar difícil encontrar las personas idóneas (y disponibles) para estas tareas. También es cierto que no siempre se cuenta con el ideal, pero lo mismo puede pasar con la imprenta, o con la encuadernación. Peor sería publicar el libro sin corregir y que luego los lectores vayan descubriendo (y sufriendo) los errores por sí mismos.

Ah, y si no le dan los tiempos para hacer una buena corrección, lo mejor sería que no se presente al concurso o que no participe de la feria. El año que viene va a haber otra.

A los autores, siempre atormentados por la trascendencia de su obra, les recuerdo: un libro impreso es un objeto que perdura, que probablemente exista durante más tiempo que su propio autor. Tarde o temprano, alguien lo va a abrir y leerá al azar uno o dos párrafos. Sería una verdadera lástima que esos párrafos estuvieran mal escritos.

Ariel Di Leo

Editor / Río Gallegos. SC.

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