Apuntes de Taller / Luis Ferrarassi

Imagen original: Nippur / Río Gallegos Surrealista
Mirá la imagen que ilustra esta nota.
Seguro que te la imaginaste infestada de fantasmas y demonios. Una mezcla entre Poltergeist y Amityville. Y así es. Está llena de fantasmas de todos los que murieron durante cientos de años. Son una plaga. Están empujándose a cada rato. Y, como si fuera poco, también está llena de demonios. Demonios de todas las calañas y de legiones aterradoras. Hay portales abiertos, y van y vienen como si fuera una aduana sin control. Necesito que, a esa imagen, vayas incorporando todo lo que acabo de describir.
¿Listo? ¿Te la imaginaste?
Ok.
Ahora imaginate que nadie vive en esa casa. Está abandonada. Nadie la ocupa desde hace décadas. ¿La existencia de una horda de fantasmas y demonios suena amenazadora? ¿Es relevante que sea una casa embrujada y poseída?
Voy a imaginar que respondiste que no. No es relevante que esté llena de espectros y entidades si nadie vive ahí. Esto es porque, a pesar de que estamos estableciendo un punto de partida para una historia de terror, y sentando las bases de un posible conflicto, no tenemos nadie a quien le pase algo. Carecemos de personajes. Es decir, no hay nadie para asustarse del abrir y cerrar de puertas, actividad ésta, favorita de los fantasmas. No hay quién le tema a una posible posesión demoníaca. Entonces, nunca tendré una historia. El lector querrá leer algo más que un catálogo de muebles enmohecidos y paredes descascaradas. Quiere alguien que se meta en la casa y vaya abriendo la trama. Y sin personajes, el lector no encuentra con quién sentir empatía o repulsión.
Así de importante son los personajes.
Una vez, Ray Bradbury le respondió a un lector que no se puede tener trama, argumento ni estructura hasta que no se tiene un personaje que quiera algo. Y es así. Teniendo un personaje que quiera algo, ya podemos ponerlo en la casa embrujada. Introducirlo ahí, hará que su vida sufra un revés. Eso que quería, ya no lo puede tener porque su destino se ha visto interrumpido. Tendrá que vencer los obstáculos para poder salir airoso de la historia y recuperar lo que quería.
Entonces, ¿todo lo que necesitás es poner a alguien que encaje en un conflicto y listo? No. Antes que eso, tenemos que centrarnos en el personaje. Dotarlo de vida. Darle forma. Cuando tenga una motivación, una forma de ser, podrá reaccionar al conflicto y entonces, comienza la diversión.
Si bien, en una novela, el peso está en el personaje y en un cuento, en el conflicto, es un hecho que algo le pasa a alguien. Y si el personaje carece de realismo, el conflicto le pasa por los costados. Sea lo que sea que escribamos, el lector necesita conectarse con el personaje y para esto requiere “ser alguien”. ¿Cómo logramos eso? Abelardo Castillo dice que los personajes nos delatan. Los escritores no pueden evitar ir dejando partes de sí mismos —o de otros— en los personajes: características físicas, psicológicas, formas de expresarse. Y tampoco puede evitar que ciertos personajes sean alter egos, es decir, que sean y hagan lo que nosotros no nos animamos a ser o hacer. Stephen King decía que los escritores lo recordamos todo, especialmente las heridas. Desde ahí se sacan los personajes. Entonces, cuando comenzamos a alimentar el personaje, dándole formas de ser, de hablar, le creamos un pasado, un presente y un deseo futuro, él adquiere dimensión, identidad. Y así es como, en el momento en que lo metemos en un conflicto, ocurre la magia. Ahora sí algo le pasa a alguien.
Si hacemos que el personaje encaje en el conflicto, el personaje se irá construyendo de acuerdo con la trama de forma muy conveniente. ¿Les pasó leer una historia en donde ocurre todo de forma perfecta, todo encaja muy preciso y la solución sale de la nada? Bueno, así. Eso se hace para lograr un efecto sobre el lector y puede ser arriesgado. Puede ser arriesgado porque el lector lo notará. Notará que el personaje estaba donde tenía que estar y justo reaccionó como se suponía. Todo queda un poco estéril. Un poco forzado. Yo me inclino a responder que hay que enfocarse en que el conflicto encaje en el personaje porque es el personaje quien tiene vida, movimiento, reacciones. Es quien va a llevar a cuestas la historia. Si tengo un personaje definido y lo sumo con el conflicto como un químico suma elementos, se crea, como en la química, algo nuevo y único. Para ejemplificar esto, imaginate la siguiente escena:
Cuando llegás a tu trabajo, tu jefe te manda a llamar. Te dice: “Me contaron que andás robando cosas de la oficina. Yo acá no quiero ladrones. Va a ser mejor que te vayas. Tomá, acá tenés la indemnización. No necesitás cumplir tu día. Andate”.
En las charlas y talleres que doy, propongo esta misma consigna a los pobres voluntarios que se ofrecen. Les pregunto qué harían en esa situación. No les pido que imaginen qué haría un personaje hipotético ni nada por el estilo. ¿Qué haría cada uno de ellos? Siempre obtengo diferentes respuestas: algunos toman la plata y se van. Otros, le tiran la plata en la cara al jefe y le gritan insultos. Otros, se defienden como pueden, pero terminan aceptando la plata para evitar la confrontación. Otros piden explicaciones: quién es el que lo mandó al frente, qué pruebas tiene, cómo es posible que el jefe escuche dimes y diretes, por qué no le preguntó antes de echarlo, entre otras. Cualquier respuesta que den está bien porque se ajusta a cada uno. Si cada uno escribe una historia basada en su respuesta, se obtendrían diferentes historias. Pero, ¿por qué resultarían diferentes historias, si el conflicto siempre es el mismo? Porque cada persona es distinta. Podés ver que la historia no va a depender del conflicto, sino del personaje.
Establecido esto, me apoyo en las palabras del escritor santacruceño, Oscar Angélico. Él dice que el escritor define, moldea y describe primero a sus personajes y que después de crearlos, “ellos mismos van abriendo su propia brecha en el seno virgen del texto”. Que “van formando sus respuestas, (sus) actitudes”. Y que nosotros, los escritores, estamos “deseosos de mirar por sus ojos para seguir adelante con la obra, para luego conocer los movimientos de los demás personajes y los sentimientos que estos generan”. Quiere decir que, por más que los creamos nosotros, ellos se abren camino a través de la historia y nosotros sólo somos meros observadores y escribas. El personaje lleva a cuestas el conflicto y camina, a ciegas, por la trama que se va dibujando a medida que avanza y nosotros caminamos detrás.
Fíjense que nuestras historias personales no empiezan si no nacemos. Entonces, que primero nazca nuestro personaje y que luego comience su historia.

Luis Ferrarassi
Escritor. Tallerista. / Río Gallegos. SC.
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