Divagaciones de una tarde con fiebre
Texturas / Mauro Moschini

No sé por qué estando ahí en la cama, con la luz pálida de este día nublado, pensé en alguien que se quejaba porque mandó su novela a un montón de editoriales y ninguna se la aceptó. Algunas –¡malvadas!– ni siquiera acusaron recibo. El pensamiento que se me formó inmediatamente fue: lo que pasa es que su novela no cumple con el estándar de calidad de la industria editorial. Pero ese estándar no significa nada acerca de su novela: es solamente parte de una lógica industrial (o «de mercado»). Toda industria que se precie tiene un estándar de calidad, regulado por normas y celebrado en entregas de premios. Si se entiende la literatura como una producción (ya sea artística o cultural) la calidad o bien no tiene ninguna relevancia o bien significa algo muy diferente que si se piensa –como inevitablemente debe pensarse en el marco de la industria editorial– en términos de mercancía, lo que supone que las relaciones sociales que la produjeron aparecen disfrazadas como relaciones entre cosas.
En sentido estricto, la crítica literaria no cumple una función análoga a la del periodismo especializado que le da aspecto de información y de valoración personal a lo que una industria necesita comunicar. No solo porque a veces puede asumir las responsabilidades de la nunca bien ponderada historia de la literatura, sino porque, si la crítica lee un texto, no lo hará porque este sea «bello». Eso sería belletrismo que, junto con el biografismo y el impresionismo, son los tabúes máximos de cualquier crítica más o menos advertida. Si un crítico lee un texto, lo hace porque –lo sepa o no en ese momento– ese texto será integrado a (o excluido de) un corpus. Y un corpus (un «canon», dirían las religiosas) no es lo mismo que una short list, ni siquiera cuando se quiere dar un panorama de lo más significativo en el corte sincrónico o diacrónico de una historia.
(Anoche leí la frase: «El cuerpo, superficie de inscripción de los sucesos (mientras que el lenguaje los marca y las ideas los disuelven), lugar de disociación del Yo (al cual intenta prestar la quimera de una unidad substancial), volumen en perpetuo derrumbamiento». El libro se me caía de las manos por el sueño, pero igual volví a leerla. Qué bien escribe Michel Foucault, qué bien lo tradujeron Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría. Ahora que las volví a leer para transcribirlas, me dan ganas de salir a cantar esas frases a los gritos y desnudo por la calle, igual que el comienzo de «El orden del discurso» o aquella de: «Se puede decir la verdad siempre que se diga en el espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una «policía» discursiva que se debe reactivar en cada uno de sus discursos.»)
No, el crítico tampoco se de puede confundir con el patovica que se para junto a la puerta y de acuerdo a un criterio caprichoso deja o no deja pasar escritores nóveles a un boliche llamado El Panteón, de temática «griega», donde van las chicas que cobran por hacer presencia y los tipos que quieren pagar por algo que solo si es gratis se adquiere verdaderamente. ¡Los corpus de la crítica son volúmenes en perpetuo derrumbamiento! Ahora encima ni siquiera en papel suelen imprimirse, seguro la mayoría va y lee el paper en html nomás. Se fijan en el abstract y las palabras clave para ver si les sirve y si no, siguen buscando en las revistas indexadas artículos que no sean muy viejos para producir otra unidad de conocimiento institucionalizado.
Y el tema es que «ya no hay crítica institucionalizada», como vi el otro día en un videito que me salió por Instagram que decía Mariana Enríquez, cuya firma ostenta hoy tantos inequívocos signos de legitimación («consagración», escribirían los chupacirios), que en muchos casos pueden considerarse como certificaciones de calidad de la industria editorial.
Lo decía contenta Enríquez, porque a ella le empezó a ir mejor desde que ya no hay de esa crítica (que yo sepa nunca le fue decididamente mal: como contó Juan Forn, ya con su primera novela logró que la publique Planeta. Nunca necesitó –como sí la necesitó Saer– a la «crítica institucionalizada»). Cuando la escuché decir eso en el video, pensé: «ah, mirá vos», y me pareció que venía bien dar por cierta su afirmación como diagnóstico de una ruptura en la historia de la literatura argentina, o por lo menos de un campo intelectual y de los efectos que puede tener la producción de ese campo en la industria editorial. Pensé así porque lo dicho por Enríquez me vino a corroborar algo que sospeché al observar qué libros recomiendan y de qué escritores hablan algunos profesionales del ámbito educativo: eran todos sacados del suplemento de cultura de Infobae, me pareció. Es decir: sobre todo para la literatura contemporánea, lo que guiaba sus lecturas no era la crítica universitaria, sino la misma industria editorial («el mercado»), y sobre todo «los grupos concentrados» de esa industria, no tanto las «editoriales independientes».
(Disculpen pero hago por las dudas una aclaración que quisiera tener la certeza absoluta de que es innecesaria: no quiero decir nada acerca de la «calidad» de Enríquez como escritora, no estoy «en contra» de ella. Solo leí Cómo desaparecer completamente hace como 20 años y después no volví a leerla porque P. –que tenía en su biblioteca Yo era una niña de siete años y la poesía completa de Lamborghini (Osvaldo) y que lo tuvo a J. D. I. en su cama leyéndole un capítulo de su libro, que casi nadie recuerda ahora– me dijo que era medio ladri una novela de ella, que era de terror pero medio forzadamente le había metido una alegoría de los desaparecidos. Sí: muy simpática no me cae en principio Enríquez, pero no es hacer un juicio acerca de su obra lo que me interesa acá, y en realidad lo que quiero decir y es pertinente que diga en este punto es otra cosa ya resabida: que una obra obtenga la certificación de calidad de la industria editorial no tiene que tener peso a la hora de hacer un juicio crítico, sólo es un dato de su circulación social, acaso también de su significación cultural, aunque definir esto último es complicado: la clase media urbana argentina se pasó toda la década de 1990 leyendo ese periodismo de investigación que plantó la idea errónea de «la corrupción» y esas novelas históricas de Andrés Rivera y María Esther de Miguel, pero –como si hubieran olvidado todo, como si no hubieran aprendido nada– después del 2001 se volcaron en masa a comprar Los mitos de la historia argentina, obstinados en un confusionismo que no hizo más que agravarse desde entonces, y para aquel momento llevaba tres décadas de desarrollo: ya lo había advertido Ángel Rama primero que nadie en un artículo del número 9 de Punto de Vista y después lo fue señalando Fogwill).
«No señora, no señorrrr, la crítica, pero la crítica posta-posta, es otra cosa». Tampoco es eso lo que quiero decir, ay, no vayan a entenderme mal: no me preocupa aquí la diferencia de calidad entre la crítica literaria y el periodismo especializado, no estoy diciendo que uno es el producto auténtico y el otro es un sucedáneo. Bien mirada, la crítica institucionalizada también tiene algo de publicidad y trata de instaurar –o se guía por– modas (que, se sabe, son la puesta en pose de un ethos, además de que es aburrido seguir hablando siempre de lo mismo) y es aquello a lo que el periodista cultural puede acudir para chequear qué onda y no mandar tanta fruta, o bien era ese saber que solía derramarse de las alturas universitarias hacia los arrabales de los talleres literarios, pasando por los institutos terciarios y secundarios, para darle a un conjunto de textos el estatuto de lo importante, lo legítimo, lo oficial, sin que haya necesidad de leer esos textos para saber qué significan. Porque para leer, lo que se dice leer denserio ¿quién tiene tiempo en estos días?

Mauro Moschini
Profesor y Lic. en Letras (UBA). Escritor / Ingeniero Huergo. RN.
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