Narrativa / Federico Rodríguez

La protagonista de esta historia es una estudiante de derecho atea, criada en una familia muy católica. La joven siente un hueco en el alma y que necesita experimentar más cosas y vivir sus fantasías.
Un Viernes Santo, para acompañar a su madre, asiste al vía crucis que se realiza en la Capilla Virgen del Carmen y queda impresionada con el cuerpo del muchacho que hace de Cristo. Le habla y se encuentran a la noche.
Antes de que el mundo deje de existir, antes de que se eclipsen los sentidos por el placer, el muchacho le pide que sea una mujer de fe y que nunca se olvide de que del Cielo también nos miran. La pareja yace entrelazada durante horas, ensayando muertes y resurrecciones.
En un segundo encuentro, la muchacha se pregunta cómo este hijo de Dios aprendió a amar así. Después de la fruta prohibida, los jóvenes charlan a la distancia de un beso. Él le cuenta fascinado sobre la textura del pelo de un colectivero de un barrio cercano, que lo tuvo caliente en sus brazos y no lo dejó volver a ser el mismo.
El muchacho le pide a la chica que no lo abandone, pero ella, incómoda, le explica que tiene que recorrer caminos y descubrir su versión de la libertad. Él le dice que lo busque si no encuentra el paraíso.
Con misteriosa convicción, la estudiante piensa: quiero dormir con la persona que le dio ese calor al muchacho, y con la persona que le dio el calor a la otra persona, y con la persona que le dio el calor a esa otra persona, y quizás así llegar hasta un ser del que proceda todo el fuego.
Decide volverse casi una nómade.
La historia que comenzó en el casco viejo de la ciudad, se demora una tarde y una noche en la casa alpina del colectivero, donde el hombre convierte a la joven en su esclava. Días después, despojada de su ropa interior y rodeada de licores, mira nacer el sol desde la desembocadura del Río Grande, luego de haber sentido el peso de dos mujeres sobre su cuerpo. A la semana, recurre a antiguas artes cortesanas para entrar como secretaria en un bufete de abogados; en círculo, hombres de traje la bañan en leche y miel. Después, un viejo que trabaja con cueros, la ata a una cama de hierro que en la cabecera tiene esculpida un águila, y ella disfruta de diversas posturas en cuatro patas. Al tiempo, un domador de caballos la posee, con las ingles ensangrentadas, mientras un incapacitado observa la escena mordiéndose los labios. Otra noche, en plena calle, peca con un grupo de hombres que salían de perder un partido de fútbol de salón. Entremedio tiene amores con las peores y las mejores personas del hampa y de la iglesia. Un domingo al mediodía practica el bestialismo en un criadero de cerdos y, por la tarde, tiene sexo sobre una tumba.
Pasaron ranchos, moteles y pueblos; aceites, tardes de ginebra y lencerías; temblores de motores, recuerdos de abrazos y brujerías.
Se cumple un año y de nuevo es Viernes Santo.
Asiste con su madre al vía crucis de la Capilla del Carmen. Ha olvidado lo hermoso que era el Cristo y cómo le gustaba verlo ensangrentado, con la corona de espinas, abrazado a la cruz.
Le habla a su antiguo conocido y quedan en encontrarse esa noche.
La pareja yace entrelazada durante horas. En ese momento todo se vuelve confuso. Los minutos se mueven hacia atrás, se borran las caras, se diluyen los placeres del pasado. El muchacho, a la distancia de un beso, le dice: todo está cumplido.
Ella, abrazando sus rodillas, le suplica que la deje ser suya, que le devuelva el mundo que se ha inventado, que no quiere que regrese el miedo de no poder decir lo que le gusta y cómo lo quiere.
Humo sube de su nariz mientras la mira con pena, acariciando su cabeza.

Federico Rodríguez
Escritor. Poeta / Río Grande. TdF.
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