Ese lector que vive en un nicho del nicho

Ecosistema Literario / Ariel Di Leo

En marzo del 2007, más o menos, llegaba al trabajo antes de las 7:00 y lo primero que hacía, luego de prender la luz de la oficina, era encender la radio. En ese tiempo escuchaba a Nelson Castro, en Radio La Red, líder por entonces de la primera mañana. Recuerdo especialmente una ocasión: ese día los titulares de los diarios, en estilo catástrofe, reflejaban el bochazo generalizado a más del 80% de los estudiantes de la UBA, ingresantes a la carrera de Periodismo, en una simple prueba de nivelación de conocimientos de cultura general. El móvil había salido a la calle para escuchar la opinión de los transeúntes y estos se despachaban a gusto, indignados de las burradas escritas como respuestas y transcriptas por los medios. Me quedó grabada una, que sirve como ejemplo: P) ¿Qué fue el Día D?, R) Una batalla de la Segunda Guerra Mundial ganada por el general Norman Díaz. Se opinaba a mansalva recurriendo a los lugares comunes que ustedes ya imaginan: que la juventud ya no lee ni los diarios, que la escuela no forma lectores ni ciudadanos responsables, que no se enseña a pensar, etc., etc., etc.

Al otro día, la joven movilera, tal vez con ánimo de venganza generacional, salió micrófono en mano nuevamente a interpelar a la generación de los padres de los chicos aplazados, pero esta vez, en lugar de pedir opiniones, les hizo preguntas similares a las que se formularon en el examen del escándalo. La proporción de burradas fue igual o peor. Quienes sostenían haber pasado por una escuela más exigente, que formaba hábitos de lectura y análisis, resultaron tener el mismo o parecido nivel de ignorancia frente a los acontecimientos y sus consecuencias, que quienes pertenecían a “esta generación descarriada”.

Esta anécdota me quedó grabada como llamado de atención, y me vuelve a la mente con frecuencia, cada vez que escucho: los jóvenes ya no leen, nunca tocan un libro, se lo pasan todo el tiempo con los jueguitos o en internet, y otros tópicos por el estilo. Estas expresiones me hacen volver a mi época de los últimos años del primario, los de adolescencia y después. Según mi recuerdo, en cualquiera de los ámbitos en que transcurría nuestra vida: casa, barrio, escuela, club; familiares, amigos, conocidos; de todas las personas con las que nos relacionábamos, los qué leíamos con cierta asiduidad, los que en sus casas teníamos una cierta variedad de libros, los que podíamos nombrar más de cinco libros leídos sin obligación, éramos casi siempre minoría, más o menos exigua, según el círculo socioeconómico en el que nos moviéramos.

En los años 80 y 90, en casi todas las ciudades grandes y medianas del país, la tirada de los diarios locales era aproximadamente igual al 10% del número de habitantes, en Buenos Aires oscilaba entre el 12 y el 14%. Allí, la suma de la tirada de todas las revistas era inferior al 5%.

En la primera década de este siglo, cuando todavía importaba la televisión abierta, los días de semana, en los canales de menor audiencia, los programas de la tarde solían promediar alrededor de un punto de rating, por eso era frecuente ver la centésima repetición del Chavo del 8, o el inefable Zorro, que garantizaban 1,2 a 1,4 puntos de rating a costo cero. Un punto de rating son 400.000 espectadores. En una hora y en un día desangelado, en un canal desangelado. Me pregunto, ¿cuántos libros habrán vendido 400.000 ejemplares en todo el país en esa década?

El AMBA tiene, según el Censo 2022, 16.000.000 de habitantes.  En abril pasaron por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, algo más de 1.000.000 de personas en los 19 días de exposición.  En agosto de este año, La Feria de Editores, en 4 días, recibió a poco más de 30.000 visitantes, a los que, dado el perfil de la feria, se los supone lectores frecuentes. En una cuenta fácil, que reconozco como muy burda, digo: a menos del 10% de la población le atraen los libros (aunque sea, como marco de un paseo). De ellos, menos del 5%, son lectores asiduos. Burda y todo, la cuenta da resultados que se asemejan con el consumo de los diarios y revistas en los años finales del siglo pasado.

Más allá de la escasa calidad de la estadística empleada, el concepto que rescato es la condición de minoritaria que tuvo y que tiene el hábito de la lectura. El ámbito en el que transcurre el ecosistema del libro es sólo un pequeño nicho en lo que a consumos culturales se refiere. Aunque su prestigio trasciende largamente ese ámbito. Si, además, desagregamos la porción correspondiente a la literatura técnica, a la de formación escolar o académica, a la de mera intención comercial, queda para el editor independiente un universo que es una pequeña porción de otra porción también pequeña. Esta conclusión es, para mí, parte importante de la razón por la cual se nos hace tan difícil encontrar un lector interesado en comprar lo que producimos. Ese lector, habitante del nicho dentro del nicho,que esté dispuesto a probar un autor que no sabe si le va a gustar, a explorar un género que todavía no conoce, un libro del que no ha sentido hablar.

Para ese lector, al que nos cuesta tanto llegar, cuya confianza nos resulta tan esquiva, deberíamos, siempre, prepararle un libro cuidadosamente escrito, cuidadosamente editado, cuidadosamente maquetado, cuidadosamente impreso. Muy posiblemente, no haya segunda oportunidad.

Ariel Di Leo

Editor / Río Gallegos. SC.

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