En estos días en los que transcurre el triste espectáculo y los avatares del juicio por la muerte de Maradona, replicamos el texto de Darío Mosso, publicado en La Rama 05.

Le falta el aire. y sabe que la muerte esta pronta a parar ese corazón que palpitó ante multitudes que rugían por un gol imposible. Mira el techo desconocido. Esta solo. Quiere mover un brazo, una mano, esa mano que alguna vez la llamaron la mano de Dios. Pero no puede. El aire le falta
Quiere mover una pierna. No le responde. No puede mover una pierna, ni la otra. Esa que venció las defensas más cerradas y violentas, esas piernas que gambetearon desde la Argentina hasta el Napoli, derrotando a todos los rubios del norte. Le falta el aire. No puede llamar. La voz no le sale, esa garganta gastada de gritar victorias y de responder insolente a cualquier provocación, esa voz que opinaba del cielo y de la tierra. Ese que era festejado cuando criticaba y cuando elogiaba. Pero ahora le falta el aire.
El techo desconocido es lo que puede mirar, inmóvil, horizontal, el que era capaz de las más inverosímiles gambetas y los saltos más increíbles para desconcertar los arqueros del mundo.
Ese es un techo normal. Pero recuerda, de niño, las goteras de un techo de chapas. Esas goteras que había que tapar con cualquier cosa. Y el barro de la calle sin asfalto. Pero entonces, cuando le sobraba el aire, estaba el paraíso del potrero de la esquina, ahí con una pelota era la magia: con los pies, con el codo, con el pecho, con la cabeza, con los hombros, con las rodillas. Esa alegría inmensa de ver que la pelota se doblegaba a su voluntad, esa pelota que no estaba manchada, salvo por su genio.
Y ahora sabe, que la muerte – qué cosa la muerte, que es segura pero siempre inoportuna- le cerrará de pronto el último latido.
Pero no hay nadie. Y no puede llamar a nadie, no tiene voz, no tiene fuerzas, no tiene brazos ni manos, ni piernas, ni voz. Solo los ojos que pueden mirar el techo.
Y los recuerdos. La primera vez que le dieron a probar un polvo blanco, ese polvo que lo llenó de falsos amigos. Porque se daba cuenta en esos minutos previos a no poder respirar más, mirando ese techo que no tenía goteras, que había sido un ingrato con su barrio pobre. Volvió poco y tarde. Sabía con el gusto amargo del último minuto que si había lugar en que no lo que querían era donde había comenzado su magia del potrero. El, que había estado en todas las ciudades del mundo, aplaudido como un Dios irreverente desde Buenos Aires a Barcelona, desde Tokio a Moscú, desde Méjico a Polonia, en la Siria en guerra y en Israel en guerra con Siria, ahora se daba cuenta que hubiese sido bueno que lo estuviesen ayudando a morir los pibes de sus barrio pobre, la gente que lo vio irse y no volver casi nunca más.
En esa mano que no podía mover, un anillo de brillantes, un anillo que valía una fortuna, le recordaba que pronto quizás alguien se lo sacaría de la mano muerta.
Como será estar dentro del cajón, pensaba. Qué es estar muerto. Sabía que iban a enterrarlo en un lugar que no era el de su origen, en un cementerio para chetos, en un cementerio donde era difícil que le fueran a poner una flor sus más fanáticos seguidores. Un lugar donde tampoco iban a ir los que hicieron plata con su plata, viajes con sus viajes, lograron droga con la droga que lo fue matando.
“Dale Dale Alegria a mi corazón”. En eso fue sincero: quería dar alegría con su juego. Hasta que el polvo blanco le fue cortando las piernas, la velocidad, la inspiración.
Ya no puede respirar. Ya se va quedando con el mínimo de aire. Por un minuto, él, al quien nunca le interesó el tango, recordó que su viejo escuchaba en una radio a pila un tango decía que “la fama es puro cuento”. Quiso asentir con un gesto. Pero un segundo más y el Diego había muerto.

Darío Mosso
Abogado. Escritor. († 2024)
Río Gallegos. SC.


