La panza de la tierra

Narrativa / Héctor José Nervi ( de su libro póstumo Cinco y cinco )

Imagen original de Carlos Besoaín

    Veníamos bajando por la cuestita del monte. La tierra reseca después de un año y medio sin lluvia y cubierta de matas duras parecía cascarón de piche, nomás. La pucha con la lluvia. Las ovejas se han muerto casi todas y si sigue así, ni las chivas van a aguantar. La cara de la gente parece cuero sin sobar y el arroyo no trae más agua que si se pusieran a mear diez carneros juntos. El viejo no pudo vender ni un animalito y no se animó a esquilar por miedo a que las bestias se murieran con los primeros fríos. Menos mal que el Ramón, el Juan y yo conseguimos conchavo en el acueducto. Así le llama a los caños por donde van a llevar el agua hacia Sierra Grande.

    Aquí, en Los Berros, las nubes se pasean muy señoronas, pero son como las vacas que escuenden la leche, no largan ni una gotita. Me gusta que llueva, no sólo por el pasto pa’ los animales, sino porque me gusta nomás. Me acuerdo que una vez cuando iba a la escuela, porque yo fui a la escuela, si señor, hice hasta segundo grado y esta mañana cuando no pagaron fui de los pocos que firmé el recibo. El Ramón también firmó, pero él no fue a la escuela porque era muy grande cuando vino el maestro. Le enseñamos el Juan y yo. Bueno, una vez que estaba en la escuela empezó a llover y yo me quise volver enseguida pa’ las casas porque las gotas sobre la chapa hacían el mismo ruido que cuando la mama hace tortas fritas con la grasa de piche. El maestro se rio cuando le dije que me había dado hambre porque parecía que la lluvia hacía tortas fritas y fue a la casa y me trajo un pedazo grande de galleta.

    La luna empieza a asomar por detrás del monte mientras vamos cruzando el mallín. Encontraos una oveja enterrada hasta las verijas en la orilla del arroyo. Vaya a saber las horas que hace que la pobre está ahí, quietecita. La queremos parar pero las patas no la sostienen. Mientras Ramón y Juan le lavan el barro en el arroyo yo prendo unas zampas secas pa’ calentarla. Pero no hay caso, no se puede parar. Hay que despenarla -dice Ramón, y le hunde el cuchillo en el cogote. La pobre se va muriendo calladita. Un chorrito de sangre espesa y negra corre entre las piedras hasta el arroyo que también es como la sangre de una tierra que se está muriendo, flaca y callada como una oveja.

    El frío está creciendo. El frío se despierta por las noches y corre como un animal hambriento. Anda por los montes, se duerme en el arroyo, se cuela por las paredes de los ranchos y va a chuparle los tuétanos a los viejos.

    Por las mañanas, los montes quedan moteados de escarchas como el lomo de las ovejas sarnosas que van perdiendo los vellones. Los pastos, endurecidos por la falta de agua, se vuelven quebradizos y espinudos. Las ovejas flacas, cansadas, con ojos de matadero, caminan sin saber a dónde y después se quedan quietitas aguaitando la muerte. Los cuises, las liebres las martinetas y toda la alimaña se pone corajuda de hambre y baja a los mallines.

    Mientras, el hombre va sudando su muerte junto al fuego, caliente por delante, frío por detrás. El pelo color tierra, la piel color tierra, la ropa color tierra, como para disimular que existe hasta que Tata Dios tenga lástima y lo despene también a él.

    El Barcino, garrapatoso y sumido, sale a recibirnos hasta más allá del corral de las chivas. Su pelo está húmedo por el relente de la noche y echa olor. Él también quisiera estar al lado del fogón como los viejos, pero cuando está mojado la mama lo echa porque dice que da olor a muerto. Los dos viejos están sentados a la orilla del fuego, prendidos como dos garrapatas a la piel de las llamas. Hace rato que nos están esperando, pero ni gruñen siquiera. Fue más comedido el Barcino. Es que el perro no piensa y cree que regresamos;  en cambio el hombre sabe que el hombre siempre se está yendo.

– Hemos traído mucha plata.

– Pa’ mí que nunca vide tanta plata junta, viejo.

– ¿Y esa plata va a servir pa’ que tengan agua las ovejas?

– No, para eso no va a servir.

– ¿Y entonces, ¿pa’ qué desviaron el arroyo?

– Nosotros no lo desviamos, lo desvío la compañía.

– Si nosotros no hubiéramos ido igual hubieron ido todos.

– Pero jueron ustedes. Y ahora cuando se acabe esa plata me quieren decir qué vamos a comer, ¿charqui e’ guanaco?

Pobre  viejo,  se ha aquerenciado a esta tierra que tiene la ubre como  las vacas entecas. El agua hacía falta para la mina y si no íbamos a trabajar nosotros igual hubieran desviado el arroyo. Dicen que en la mina va a haber trabajo pa’ todos, aunque pa’ encontrar el fierro vamos a tener que andar debajo de la tierra, como los peludos. ¿Será que esta tierra es un animal muerto y el hombre como el bicherío de la carroña?

– Oigan muchachos, me mandan de la mina pa’ ver si quieren ir a trabajar.

– ¿Qué mina?

– La de Sierra Grande.

– ¿ Y hay trabajo pa’ los tres?

– Si, hay trabajo pa’ todos. Y si hay alguna muchacha que tenga más de catorce años también. Me encargaron que llevara varias pa’ servir en la casa de los jefes.

– Y, la Manuela tiene diecisiete y la Isidora justito los catorce.

– Que vengan, entonces.

– Aguántese un poquito que ya vamos.

    Pobres viejos, se quedaron solos, pero no nos íbamos a quedar todos pa’ cuidar cincuenta chivas locas.

    La mama tiene razón, ya no quedan más que niños y viejos. Los viejos porque están agarrados al suelo como la jarilla, duros, flacos y amargos; los chicos porque son como pichones sin emplumar, en cuanto crezcan las alas van a volar. Pucha, si aquí ya no se casa nadie y el cura se queja cuando viene  porque no tiene a quién bautizar. Desde que se casorió  la Dominga no hubo más casamientos y de eso hace como cinco años. Es que esta tierra nos trata como a entenados. En Sierra Grande le vamos a abrir la panza pa’ ver si todavía le quedan entrañas…

Héctor José Nervi

Maestro. Periodista. Locutor. / General Roca. RN.

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