Narrativa / Magdalena Ametráno

Cuando leí la noticia en La Opinión Austral, elevé mi plegaria al cielo. Estaba lejos de El Calafate para acompañar esa despedida.
Fines del 1980 y principios del 90
El departamento donde empezamos a vivir en Rio Gallegos, aún estaba medio vacío, tenía cuatro almohadones de color naranja en el living, mis dos pequeñas hijas se habían quedado dormidas tomaditas de la mano y montaditas sobre ellos. Mi esposo estaba en la Universidad dictando clases, en esa época aún era el Instituto Universitario.
Solo teníamos una radio, estaba arriba de la heladera, la encendí y escuché los primeros acordes del allegro con brío de la 5° Sinfonía de Beethoven en C menor. Me detuve y presté atención. Ahí apareció esa voz tan particular; la conductora del único programa radial que difundía música clásica, el programa se llamaba “Sala de conciertos”.
No podía imaginar su edad, la voz era cálida, casi diría seductora, en cada frase que emitía hacía una toma de aire, conocía el uso del micrófono, jamás lo saturaba por acercarse demasiado, ni se escuchaba el sonido de su inspiración. Siempre imaginé que si cantara seria mezzo soprano. Sabía usar los matices, los acentos profundos y cada historia musical que narraba se transformaba en un cuento bellísimo. Luego emergían las sinfonías, sonatas, oberturas, óperas o conciertos para piano. Mientras disfrutaba, terminaba las tareas hogareñas o corregía los trabajos de mis alumnos del Conservatorio.
De lunes a viernes a las 22 horas, tuve una cita con LU14 Radio Provincia de Santa Cruz. Esa voz se transformó en un ser humano que me conectaba con mi Buenos Aires de música clásica.
Finalmente la conocí. Era una mujer mayor y alta, se vestía en forma clásica, nunca la vi con pantalones ni en los días más fríos. Recuerdo, que usaba un gamulán (abrigo de cordero), gorro y guantes. Caminaba en forma lenta, casi indecisa o quizá no tenía apuro. El sol nunca tostó su carita, era pálida, se teñía las canas. Cada tanto usaba un pañuelo especial que le tapaba la cabeza, con el tiempo me enteré que era cuando le hacían quimio. Jamás hablaba de su vida personal. Compartimos, desde la música, esa transición histórica de pasar de un gobierno de facto al democrático, una guerra, los 100 años de Rio Gallegos y tanto más.
Pocos años después se transformó en mi fiel locutora, ya sea en el concierto coral anual o en la Misa Criolla con Ariel Ramírez o con los Chalchaleros. Armamos un programa radial juntas, lo llamamos Leitmotiv (como el conjunto vocal femenino que dirigía en la década del 90). Creo que lo propuse yo y a ella le pareció una maravillosa idea, recuerdo su comentario: “Motivo constante, Wagner lo usó, me gusta”. Me encargaba de preparar los guiones para cada emisión radiofónica, ella aceptaba sin discutir. En esa época usábamos cassette. En el archivo radial, debe existir alguno de los programas grabados. Difundimos por varios años la música coral nuestra, de la región y del mundo.
Nunca intimamos fuera de la radio, ni de los conciertos corales, ni compartimos un café fuera de esos espacios, nos respetábamos mutuamente y solo hablábamos de música. Alguna vez me dijo algo así: “Una de mis hijas tendría tu edad, me hace feliz tenerte cerca”.
En esa época me empezaron a llegar versiones de su vida pasada. No me animé a preguntar. Creo que deseaba quedarme con el recuerdo de ese presente. Dos mujeres difundiendo música coral. Pero, querido lector el cuento recién empieza.
Década del 60
Aquí principia la poca conocida historia de Susana, una bella mujer, feliz, sonriente, vivaz. Se desplazaba entre Buenos Aires y Córdoba. Conoció a Romilio y de alguna manera, nunca más se fue de su existencia, fue el amor de su vida. ¿Qué pasó antes de ese momento?, pocos lo saben.
Romilio Rivera fue pintor, poeta y suerte de protegido de Manucho Mujica Láinez. Vivió pobremente de sus dibujos y murió, marcado por el exceso, después de tomar y fumar cuanto pudo, a los 41 o 43 años. ¿Por qué se fue tan joven?, ¿qué pasó con Susana en esa época?
Un gobernador cordobés, Arturo Zanichelli, valoraba a Romilio como artista y le ofreció un lugar para vivir junto a su familia. La buhardilla del Teatro Rivera Indarte de Córdoba. Feliz y mimado por su mujer Susana, se consagró a la producción literaria y pictórica.
Sus vidas se desarrollaron entre el arte y la familia. Susana ya tenía el programa de radio que llamó “Sala de conciertos”, los encuentros sociales con grandes artistas y la vida familiar, la tenían bien ocupada. Los tres pequeños, colmaban de felicidad a Susana. Aunque fue profesora de Educación Física gastaba sus energías con ellos y mimando a Romilio. Absorbió la cultura de esos grandes escritores que los rondaban y aprendió de las ideas filosóficas de su marido, el autodidacta. Viajaron a México y mientras él estudiaba muralismo, inició el programa “Sala de Concierto”. Trabo amistad con María Isabel Granda. Supo de sus tragedias familiares y le encantaba su poesía y sus canciones. La tan conocida Chabuca Granda, alguna vez le dijo a su amiga argentina: ─Querida Susana, en Lima no es bien visto quien es de las montañas y yo soy de las montañas, ¿sabías? A mí no me importa, nací tan alto que me lavo mi cara con las estrellas─. Se reían y Susana la escuchaba y aprendía.
Cada experiencia que vivió la atesoró haciéndola una mujer cada vez más rica cultural y espiritualmente. Valoraba los orígenes indígenas de Romilio, criado por su madre y tías, en las Sierras de los comechingones, en la década del 30 del siglo XX. Susana amaba esos textos donde su esposo ponderaba a la mamá, a la india, a la chamana. A esa sabia mujer de la sierra, la que recolectaba hierbas y la que lo crió sola, sin hombres.
Esta pareja tan particular compartió una vida de aventuras, viajes, disfrute familiar, música clásica, letras y pintura.
Pero, llegó ese día que quedó escondido en una nebulosa.
Un policía, bastante amigo de Romilio, golpeó la puerta y al verlo, simplemente lo abrazó, los abrazó y tratando de calmar su angustia habló: ─Vengan a la morgue del Hospital, hay un patrullero afuera que los llevará─ dijo el amigo policía, las lágrimas eran tan copiosas que le mojaron su camisa. Romilio era su gran amigo de la infancia, y ella era la mujer que amaba su amigo, madre de tres niños. Se preguntaba ¿hay dolor más grande que ver morir un hijo? Pero, ¿tres hijos? ¿cómo podrán vivir con semejante dolor?
Una daga cortó el tiempo en dos, y se clavó en el pecho de Susana y Romilio. La sonrisa, la alegría de vivir desaparecieron, a partir de ese momento sobrevivieron como pudieron.
Mayo de 2023
─Querida Susana ganaste tantos premios por tus programas radiales, hasta el Martin Fierro en reiteradas oportunidades. Pero te busco en ese espacio atemporal y te pregunto lo que no me animé cuando compartimos la vida desde la música. Susana cuando aún estabas en Córdoba ¿de dónde sacaste fuerza para estar cerca de ese hombre que se entregó al descuido de su salud y lo llevó a la muerte con solo 41 años?
Pude ver la cara de Susana, estaba seria y una lágrima corrió por su rostro: ─Mis niños tenían que regresar felices después del paseo. Querida mía, solo recibimos sus cuerpecitos destrozados. Romilio ese día cambió la mirada, perdió el brillo en sus ojos, no pudo encontrar la salida. Nuestros cuerpos se lastimaron, nuestras almas se destrozaron─ se quedó sin palabras, en estado de letargo, quizá recordando. Al rato, continuó: ─Yo me puse en manos de psiquiatras y vaya a saber que más.
Siempre hubo pausas, pero Susana me hablaba: ─Romilio era de la Sierra, no aceptó esos tratamientos psiquiátricos, el alcohol hizo estragos en él, se aisló.
─No pude ayudarlo. Así llegó el otro momento más triste de mi vida. Creo que enloquecí con su muerte, no podía aceptar más partidas. En 1974, Romilio se dejó morir. Me transformé en una mujer adicta a los fármacos, conocí la depresión, mi cuerpo no lo soportó, el cáncer apareció. La hemiplejia la fui superando. Pero, Dios tenía otro destino para mí. Creo que de alguna manera luché, parece que no quise morir. Curado un poco mi cuerpo, mi psiquiatra me aconsejó que me fuera de Córdoba. Recalé en Río Gallegos, mi hermana me albergó. Santa mujer, me cuidó- nuevamente se silenció, al rato continuo: ─Me prometí editar toda la obra de Romilio, sus manuscritos estaban escondidos en ese baúl marrón, de gruesa madera. Me lo traje de Córdoba, lo dejé al pie de mi cama, aun lo veo, huelo ese olor a barrica, único recuerdo que me quedó de la época en que vivimos en el altillo del Teatro Rivera Indarte, momento tan tan feliz. Los manuscritos de Romilio se transformaron en escritos prolijos, tipeados en la maquina Olivetti y de a poco los fui mandando, en tandas, a la Editorial de Córdoba.
Otro silencio invadió esa charla: ─Este proyecto, fue la justificación de mi sobrevivencia. Acepté ser jefa de protocolo durante la Gobernación de Néstor Kirchner, como bien sabes. Néstor conocía mis raíces peronistas, estaba al tanto de que había trabajado con Perón en la Quinta de Olivos, al igual que mi hermana. Este sueldo y los auspiciantes del eterno programa “Sala de Conciertos” me permitieron editar la obra completa de Romilio Rivera, él se lo merecía.
─ Ahora lo recuerdan por su obra, las critican y analizan.
─Mi querida amiga, estoy en paz. Mis cenizas están en el Lago Argentino, en la provincia que me cobijó y me aceptó, en la que viví parte del terrible momento del gobierno de facto y el nacer de la democracia. Seres como vos me ayudaron a sobrellevar mi cruz, mi hermosa hermana y cuñado, familias como los Albornoz y tantos otros. Solo “gratitud” para cada uno.
─ Dios no te da una cruz más pesada de la que puedes soportar. No te olvides.
Yo también estaba en paz.
Este relato, escrito por Magdalena Inés Ametrano, recibió una Mención Especial, en el Concurso “40 años de democracia”, categoría Boomers, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.)

Magdalena Inés Ametráno
Mg. en Interpretación Musical Latinoamericana / Río Gallegos. SC.
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