Elpidio Aquilino Isla, el “Negro”
Reseña / Patricia Sampaoli de Bonacci

Justo un 4 de agosto, Día del Escritor Santacruceño, comencé a escribir mi artículo referido a Aquilino Elpidio Isla -un escritor netamente santacruceño-, para ser publicado en septiembre (mes que recuerdo como del nacimiento, sin poder precisar el día). He aquí el personaje a quien trataré de homenajear en estos párrafos.
Me gusta la idea de escribir acerca de él por su cuota de controversia frente al mundo, por su cualidad de esmerado lector y, sobre todo, por su capacidad como escritor.
Pululan los escritores santacruceños, especialmente en este tiempo en que parece que fuera más fácil pagar a una editorial para publicar la propia obra. Y así estamos, frente a una muy dispar calidad literaria. Surge, entonces, la inexorable pregunta: ¿cuándo puede uno considerarse un escritor? ¿Existen parámetros? Todo el mundo alfabetizado escribe, de una u otra manera. Pero SER escritor, bueno, parece que ahí buceamos en unas profundidades batiales que requieren de fundamentos más específicos. Elpidio Aquilino Isla nació en 1948 en provincia de Buenos Aires, según unos; otros aducen que en Caleta Olivia (provincia de Santa Cruz), su patria chica. El nombre Elpidio es de origen griego y evoca a quien posee fe y esperanza. La palabra «aquilino» viene del latín aquilinus y significa «con pinta de águila». Es decir que, los nombres que le impusieron sus padres, vaya a saber por qué albur, evocan al águila y al que posee fe y esperanza… pero nosotros le decíamos “Negro”, el Negro Isla.
La contextura robusta, el pelo lacio y oscuro, los ojos encendidos detrás de sus lentes de marco metálico. Miro su foto, con los labios gruesos, la risa que se hacía esperar parapetada en su humor ácido y su inevitable mirada crítica sobre los escritos que hacían agua, por la ausencia de buenas lecturas, en los abundantes aprendices que se creían Borges. Un escritor es primero un lector, un lector frenético. Y en esos espacios de discusión lo teníamos al “Negro”, con una acidez que le granjeó más de un enemigo.
No recuerdo en profundidad las charlas mano a mano con él. Yo era una adolescente cuando él volvió a Caleta Olivia, y lo conocí en el colegio secundario; por lo visto, volvía a cursar el quinto del bachillerato con largos 20 años de edad. Corría la tumultuosa década de 1970, y por esos años él ya estaba al frente de las revistas literarias Recién-venido (1975-1978) y La loca poesía (1978); además, como periodista, en la siguiente década, dirigió El Regional (1982-1987).
El Negro fue mi primer editor: Floridablanca, el nombre tan territorialmente santacruceño de su editorial, cobijó mi primera publicación: Para la brevedad, basta un océano, cuentos breves presentados por él, en la contratapa. De los momentos compartidos, todos literarios, recuerdo sus consejos de leer a Carson Mc Cullers, a Erskine Caldwell, entre otros norteamericanos que han sido mis maestros, justamente siguiendo sus recomendaciones. Por eso es que, aunque no recuerdo si se lo dije personalmente – más es muy probable que así haya sido-, le estoy inmensamente agradecida como lectora y como escritora. El Negro produjo, en mi camino de escritora, uno de esos “clicks” fundantes. Políticamente, caminábamos por distintos andariveles, aunque ambos pretendíamos una Patria más justa y soberana (de eso no tengo dudas), todo lo cual no era parte de mis de intercambios con él, netamente literarios.
Sus relatos Secreto de confesión y El viejo a la distancia no la supo explicar fueron publicados por la Universidad de Boulder (Colorado, Estados Unidos, 1978). Publicó Mogambo (cuento, 1988), Las lluvias cortas (cuentos, 1990), La ciudad de los sueños tristes (novela, 1995), y Esas mujeres de las que hablo (cuentos, 2011). Participó en la antología del Sur del mundo. Narradores de la Patagonia (1992), entre otras. En 2009 fue premiado en el V Concurso Literario de Poesía y Cuento organizado por la Universidad de Cali (Colombia). A su obra se han referido, entre otros, David Aracena, Edmundo Valadés, Juan Rulfo y María Granata.
Le gustaba jugar con la historia, le hacía decir que el primer «Isla» vino con Alcazaba en 1535, que su nombre era Rodrigo y que fue uno de los fundadores de una aldea en lo que hoy es Camarones (no encontré fuentes que lo atestiguaran, pero le creí). En esa línea, agregaba “Otros Isla vinieron 300 años después, campesinos analfabetos, cuidadores de cabras” (esto debería ser indagado en algún censo primitivo). La cuestión es que de esa mezcla segura entre criollos, inmigrantes y nativos brotó el Negro y su estirpe patagónica, todos, a su decir esperando sin saber qué, pero esperando…
Te recuerdo, Elpidio Aquilino “Negro” Isla y estás despierto en un montón de páginas bien escritas.

Patricia Sampaoli de Bonacci
Doctora en Historia. Escritora. / Caleta Olivia. SC.
Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail revista.larama.2019@gmail.com


