Narrativa / Juan Héctor Roldán

Fueron muchos años, largos y extraños años, durante los cuales alrededor de él se creó una tácita complicidad, tan leve, que aún aquellos que más cerca estaban no sabían cuando habían dado su consentimiento para ese engaño. Fueron y son, en la memoria de quienes participaron, años mágicos y tenebrosos. Un profundo escalofrío les paraliza la palabra al recordarlos, pero también una profunda emoción les hace brillar los ojos. Entonces miran por la ventana de El Bagual, escrudiñan las sombras que agita el viento y esperan el retorno de una vieja aparición.
La historia empieza cuando a Manuel se le murió su esposa. Fue de repente, veloz y letal como la mordida de una serpiente. Tan imprevisible que, aún cuando Manuel acompañó el ataúd al oscuro lugar de su reposo, no pudo aceptarlo. Parado, impávido, recibía los pésames como quien recibe mensajes para otro, preso su pensamiento del recuerdo de esos negros cabellos que lo habían hecho reír en las cercanías del beso y, de esas manos que lo acompañaban hasta el borde mismo de la chata que lo llevaba al Yacimiento. En aquellos días iba sonriendo a trabajar y volvía sonriendo. En aquellos días todos envidiaban a Manuel, y no envidiaban la belleza de su esposa sino el amor del cual él era objeto. Pero, la tibia y suave Ana de tan solo veintinueve años, había muerto.
Los amigos se acercaban a su sombra y se alejaban, el silencio de Manuel apabullaba. Pasaron días, semanas, meses. Nadie en El Bagual se animaba a interrumpir el largo duelo que lo envolvía. Temerosos, sintiéndose incapaces de alguna palabra de consuelo, escondidos tras ese imperturbable semblante que da la recia educación de la hombría, los hombres del bar dejaban que navegará solo con su dolor. Y, en la soledad de su casa, Manuel, se dedicó a crear un conjuro que le devolviera a su amada.
Con intuitiva comprensión empezó a dar forma a los rituales necesarios. No fue algo premeditado, solo fueron actos y palabras que expresaban su dolor, que le daban cauce, pero quizás todo dolor sea un ritual. Quizás tenga pasos, letanías, gestos que repetidos durante el tiempo necesario convoquen a la causa del dolor. Y la causa de Manuel, fue convocada. Lentamente Ana fue apareciendo. Se formó de aquellas cosas que dejó sin tocar. Su fantasma emanó de las pantuflas rosas con cara de conejo que no guardó y permanecían al costado de la cama, de las flores marchitas en ese vaso de agua evaporada, de la nota del supermercado que escribió y que aún colgaba apretada por un imán en la heladera. Yerba, pan, tomates, huevos, listaba la letra pequeña y femenina. Su etéreo cuerpo fue construido por los caracoles y estrellas de mar que juntaba y guardaba en frascos de dulce vacío. Por el olor de su perfume que flotaba aún en el dormitorio. Por las manos de Manuel que la buscaban extraviadas. Todas las sombras dieron algo de sí a la presencia de Ana, y un remolino de viento que penetró por las viejas rendijas, nunca reparadas, sirvió de última amalgama. Y ella apareció. Fue en la hora en que la pantalla corrían indios, soldados, niños extraviados, perversos reverendos, se volaban puentes y se viajaba por el tiempo. Llevaba un mate y avanzó sonriendo hasta el sillón. Manuel, con el control remoto en la mano, no dijo nada. Aceptó el mate y se quedo quieto mirando la pantalla. La cabeza de ella se dejo caer sobre su hombro; entonces y solo entonces, se apagó el televisor.
El día siguiente comenzó como tantos otros días, salvo por esa niebla extraña que se demoraba en diluirse. Manuel fue a su trabajo sonriendo y volvió sonriendo. El Zorro lo miraba por el retrovisor de la chata intentando saber si era recuperación o locura. Lo dejaron frente a su casa, se despidió con otra sonrisa y caminó apresurado hacia ella. Ana, con suave disimulo, le abrió la puerta.
Pasaron los años. La sospecha de su locura se extendió lentamente hasta hacerse una certeza. A pesar de los recaudos que ellos tomaron, pues sabían que el secreto era una parte primordial de la magia. Manuel trataba de disimular su sonrisa, que muchos creían desvarío, y hasta aceptó salir con una mujer que el Rengo le presentó, en afán de esquivar la inquisición de los muchachos. Pero a su regreso los celos, siempre incontrolables de Ana, despertaron al barrio. Manuel por vergüenza había ocultado a su fantasma la razón de su ausencia, y Ana, la pálida Ana, desató su furia. Un frío glacial se abrió paso de cada rincón, y el viento de su aliento hizo estallar las puertas y ventanas de la casa. Las luces se encendieron con tal intensidad que sus rayos encandilaron a los perros vagabundos haciéndolos huir hacia los cerros mientras aullaban desesperados. Aquellos que fueron testigos involuntarios se escondieron tras las paredes y rezaron padres nuestros y susurrantes aves marías. Esa fue la única y última vez que intentó vivir sin ella. El barrio guardo el secreto de lo acontecido, y solo entre rumores que flotaban a su espalda, el hecho era referido.
Siguieron pasando los años y al fin los vecinos terminaron aceptando su soledad, su extravagancia y su misterio. Edgard, el almacenero, siguió anotando las cuentas de Manuel bajo el nombre de Ana y nunca se atrevió a cambiarlo. Rosa, la curandera, le seguía dando los yuyos que tanto bien le hacían al delicado estomago de su mujer, y hasta en ocasiones alguna vieja desmemoriada le mandaba saludos para ella que él agradecía sonriendo. Ningún otro hecho extraño perturbó el barrio, solo los perros seguían negándose a pasar por su vereda.
En ocasiones salían a pasear. Lo hacían en esas noches especialmente inhóspitas. Noches en que los vecinos se quedaban refugiados en sus hogares y las luces de las casas empalidecían bajo el viento tormentoso. Noches en las cuales ululaban los cables y desde el cielo sonaban las respuestas en ráfagas lastimeras. Donde la tierra huía por el aire como si el mismo mundo se fuera diluyendo bajo el persistente ventarrón. Manuel transportado junto con Ana por ese viento, volaba sobre el filo de dos mundos, mirando al pueblo que se agarraba a sus débiles cimientos. Los cabellos de ella se movían furiosos y de tan negros se confundían con la misma noche. Manuel pensaba, entonces, que era la noche la que le insuflaba la vida. Pero eso no importaba, él caminaba al lado de su amada y el frío que mordía su cuerpo era parte del acuerdo. De vez en cuando se tropezaban con algún borracho nocturno que, preso de una súbita emoción, fallecía con los ojos presos en aquella fantasmal figura. Los diarios, al otro día, solo consignaban una muerte más por el frío.
La jubilación no hizo otra cosa que entregarlo de lleno a la realidad de su aparición. Desligado ya de obligaciones mundanas, redujo el contacto a lo mínimo indispensable. Compraba mensualmente lo necesario para comer y una vez cada quince días bebía una caña en El Bagual. El Rengo decía, en voz baja y persignándose, mientras miraba fijamente a los amigos que rodeaban el mostrador, que Manuel ya estaba muerto, que aquella presencia era solo otro fantasma.
Cuando lo internaron de urgencia en el hospital, ya tenía edad para morirse. Solitario, en una habitación casi desnuda, yacía olvidado. Desahuciado ya, los médicos y enfermeras solo cumplían con él las rutinas breves de higiene y control. Fue una agonía lenta decorada solo por unas tímidas flores puestas en un vaso que nadie sabía quien traía. La única y última visita que recibió, fue la de el Zorro, Martillo y el Rengo. Manuel, se esforzó por verlos y les sonrió desde esa profunda y antigua lejanía. Flaco, arrugado y pálido parecía desaparecer entre el blanco de las sabanas. Sus ojos, que trataban de sostener, cordialmente, el interés por sus visitantes, se escapaban a cada instante y miraban hacia una silla vacía al lado de la cama. El Zorro, perspicaz, codeó a Martillo, mientras el Rengo, asustado se persignaba con disimulo. Esa misma noche Manuel murió, tenía casi ochenta años. Las flores marchitaron junto con su vida, y unos tristes pétalos secos cayeron sobre su mano.
Su historia, entonces, se transformó en una anécdota más en El Bagual. Una historia para contar en las noches más ventosas de la Patagonia, al calor de varias ginebras, bajo cuyo influjo el Rengo, recordando las circunstancias de su muerte, jura y perjura, que una joven y bella Ana le estaba sosteniendo la mano, sentada en la blanca y vieja silla vacía que Manuel miraba enamorado.

Juan Héctor Roldán
Escritor. Poeta / CABA
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