Memoria, ficción, territorio

Lucrecia Pejkovic, Sujetos a destino.

Reseña I / Gabriela Luque

“¿Cómo podemos saber qué hay del otro lado?”

Una página del diario local La Opinión Austral del 16 de marzo de 2003 daba cuenta de los resultados de la campaña arqueológica emprendida por un grupo de investigadoras argentinas, encabezadas por la Dra. María Ximena Senatore, docente de la UNPA, en el sitio donde se erigiera la colonia española de Floridablanca, cercana a la Bahía de San Julián, en la provincia de Santa Cruz. Sin dudas, éste fue el punto de partida de la  novela recientemente publicada Sujetos a destino. Colonos de la Patagonia Austral, tercera obra de la escritora y comunicadora santacruceña Lucrecia Pejkovic, una novela histórica que nos invita a sumergirnos en una ficción que nos remonta a finales del siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, en el territorio más austral del último Virreinato creado por la Corona  en 1776, el del Río de la Plata. 

La novelista, autora de A cielo abierto, en el año 2012 y de En la hora dorada, del 2020,  otras dos obras pertenecientes también al mismo género, decide esta vez dirigirse al pasado lejano y recuperar así, en forma de ficción una historia que comienza del otro lado del mar, entre dos espacios, el puerto gallego de La Coruña y la corte, en la que la figura del rey Carlos III se ve perseguida por los espectros que la locura familiar, aludida como “la maldición de los Borbones”, interpone en sus sueños. Y que continúa aquí, de este lado, en la Patagonia, donde está la promesa del paraíso, una tierra que se anuncia pletórica de frutos para descubrirse portadora de  hambre y de muerte.

“…estar sujetos a destino…no era más que aceptar las circunstancias que deparara el sitio.”  

Como en los primeros textos del descubrimiento, la conquista y la colonización de América, los personajes españoles serán desharrapados en busca de una fortuna que se escurre, porque su origen no les permite otra manera de labrarse un futuro – ellos, labriegos en su mayoría, conocedores del trabajo con la tierra y las semillas – que la de embarcarse en una fragata hacinada y hedionda, en donde los mendrugos rancios deben ser disputados con las ratas y en donde las mayores miserias humanas hacen su aparición. Estos colonos, que han firmado con la Corona un contrato antes de subir al barco, son los protagonistas de los cuarenta breves capítulos, en una narración que atrapa al lector desde el primer párrafo, con sus historias de vida. La autora ha elegido contar, no las anécdotas de los grandes héroes, si no esas pequeñas historias personales de mujeres y hombres que no ha pasado a formar parte de la historiografía oficial, esas historias cotidianas que se yerguen en medio del desamparo y la injusticia, pero que, a la vez, son también el espejo del pasado en que se refleja nuestro presente austral, un territorio que existe más allá de los desvaríos imperiales y de los documentos oficiales, un territorio áspero y duro, en el que, desde el primer momento, se produce el encuentro con los pueblos originarios, los verdaderos dueños de esta tierra, imaginada y narrada por Antonio de Pigaffetta en 1520 y vuelta a narrar una y otra vez por incontables viajeros y también por poetas. 

El escenario se vuelve, entonces, heterogéneo, diverso, poblado por las voces españolas y las de los aónikenk, en una polifonía que nos recuerda que ésta es una novela histórica de las denominadas “nuevas”, que ostenta las características propias de este género, nacido en los albores del siglo XIX, pero  revitalizado a partir del Quinto Centenario , en los últimos años del siglo XX,  para el que el saber histórico de los hechos busca restablecer el lazo entre lo individual y lo colectivo,  en esas pulsiones que llevan a la comunidad a preguntarse por aquellos hechos invisibilizados o desconocidos en pos de una identidad. 

La memoria juega aquí un papel fundamental, como guía y como acompañante, trazando el derrotero donde se unen los restos hallados por los arqueólogos, antropólogos e historiadores a comienzos del presente siglo,  los fragmentos de la experiencia verídica de esa colonia llamada Floridablanca, de corta existencia entre los años 1780 y 1784, resultado de los planes diseñados en esa lejana corte incapaz de conocer, fehacientemente los hechos ocurridos en este punto perdido en la cartografía, con los textos de época rescatados por el archivo, cuya materialidad se ve en la presencia de Don Antonio de Viedma, como un personaje dentro de la trama y con la ficción creada por Lucrecia Pejkovic, en la que se entrelazan personajes entrañables como José Descosido y su pequeño hijo Agustín o como Elena, símbolo de las mujeres bravías que dan su conformidad para la aventura de emigrar y tantos otros que esperan a sus lectores, y les auguran que Sujetos a destino no les dejará soltar las páginas hasta finalizarla. 

Así, historia y ficción se complementan, en la escritura de una narradora que ha sabido encontrar su propia voz al rescatar del olvido a los protagonistas de la gesta perdida o, quizás, apenas descosida, a la espera del instante en que la autora y sus lectores, en comunión, puedan volver a unir los hilos en San Julián, en Santa Cruz, en la Patagonia.

Gabriela Luque

Prof. y Lic. en Letras. Esp. en Gestión Cultural

Río Gallegos. SC.

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