Morir para contarlo

Narrativa / Rafael Urretabizkaya

Esa parte de Utrera, la que anda, mete un silencio que enferma. Un silencio que por las noches y las siestas sin viento, aturde. La parte que anda tropezando, lastimándose contra las toscas, troncos, ramas; duele toda entera sin permiso para soltar grito o un gemido apretado.

Parienta de la lluvia, la parte que anda ya no es capaz de tener frío ni de ahogarse ni de morirse un poco más. Mucho menos de estar viva.

Esta parte que te digo, salió arrastrándose de la Angostura donde quedó varada un tiempo.

Bien muerta y todo, algo inconcluso le impidió terminarse. Ahora se ha levantado y le pide respuestas al bosque:

¿Dónde está la tropilla gateada? ¿Se escapó por Lilpela o alborota en el bosque?

Un rumor de abajo contesta y se mueve “la parte”, y cae otra vez como un muñeco olvidado, cruzado de abandono.

Esa parte de Utrera, la sin cabeza, se ha despertado destemplada de paciencia y toda achichonada tropieza y se moja y busca la tropilla gateada de un pelo, busca al vecino que anotició al milico, al milico que encargó el trabajo, a su cabeza. Y entre todo lo ausente, aparece como un rayo que quema y no confunde, una revelación bien de pechito y limpia de toda duda; un nombre que dice más de lo que nombra: “Vasqueasesino”.

Diego Vasqueasesino, el sicario.

El que compra vida con la muerte ajena.

El mal pagado por los milicos cobardes que con excusa de falta de vaquía para comprender el territorio, mandan a otro a que haga su trabajo.

No sabe de dónde ni porqué, a la parte que anda le llega en forma de calambre la clara idea de haber estado tres años bajo tierra. Ni dos ni diez, tres años bajo tierra.

Cae en la arena blanda y cálida esa parte de Utrera que ahora anda y un recuerdo completo de verano se manda adentro como música. Le entra por el agujero que dejó la cabeza y por otro nuevo que le armó la intemperie a la altura del costillar. Es un recuerdo brillante de una tarde amor, la canoa suelta en el lago, el remo arriba. Agazapado se le ha metido también otro recuerdo, inoportuno y áspero cargado de información precisa, inconfundible: “Los Vasqueasesino, esos fueron los que se llevaron de los pelos mi otra parte y la enterraron en Puerto Elvira. Los hermanos Vasqueasesino, de ellos Diego es el que hizo mi muerte”.

Ahí va el descogotado, un puro tropiezo buscando su cabeza. Un hombre merece una cabeza para morir completo, así como merece una canoa, una compañera, un lago, tiempo, una tarde que no pregunte ni cómo no porqué.

Tiene tantos golpes este Utrera, que no tiene ninguno. Enterrado y sin cabeza no cargaba recuerdos pero ahora lo atropellan todos. Ya se le viene el de antes de ser Mauricio Utrera su nombre de cuatrero, el de cuando era todavía un tal Dionisio. El hombre de la madera y de madera, el que volteaba y destrozaba con su hacha. El que le entró al pellín más grande sin daño ni pérdida. Ese árbol fabuloso con el que pensaba levantar su casa pero que al verlo en el suelo se sintió convidado por su forma, llamado por la manera de ese rollizo de estar quieto en lo seco para venirse canoa.

Utrera escuchó al rollizo y toda una primavera meta hachuela se amigó con la veta sin descanso ni apuro. Observado por las toscas de la orilla, por los bichos, los pájaros, por el viento de abajo que pegó decidido, por el bosque; por Ella.

Recorre en su memoria cada día y se para despacio en el que bajó el palo de maniú para hacer el remo y comenzó a sentirse cerca de la hija de Rebollo. Ya no espiado ni observado, más bien alcanzado por una mirada que como un guante lo fue cubriendo de humedad.

Tan fierazo Rebollo, al que había que mirar de a poco, tenía sin embargo esa hija hermosa, flor de las flores.

Ella fue acercándose, primaveriada, y sin mediar palabra terminó guiando la mano de Dionisio por el palo de maniú que repasado mil veces se fue entregando hasta hacerse remo.

La madera suave y fría del maniú tuvo primero mil pasadas de la herramienta de Utrera, luego la mano curtida buscando detalles, y detrás la mano suave de la hija de Rebollo buscando secretos.

La parte de Utrera que anda ya lo hace con puros recuerdos. Por un lado los de la canoa de pellin, el remo de maniú, la hija de Rebollo. Por otro, llegan desgañotando la tropilla de un pelo robada en Tropezón y rumbo a Chile, los gritos de los vecinos llamando al milico, el milico buscando a los Vasqueasesino. Diego Vasqueasesino haciendo la muerte, cortándole el cuello, enterrando el cuerpo en Angostura y su cabeza en Puerto Elvira.

La parte que anda tropieza con un tronco de la playa que no es tronco. Que no es tronco nomás. Tantea y reconoce su canoa de pellín. Caen juntos al agua y la corriente los lleva a Puerto Elvira. Llegan de noche y a la luz chiquita de la luna nueva la parte que anda de Utrera se encuentra por fin con su cabeza y son uno de nuevo.

Al llegar la mañana, semihundido en la orilla, lo primero que ve es un niño de dos años y meses que va y viene. Niño que le recuerdo algo que fue. Sale del fondo del rancho la propia hija de Rebollo y llama a comer al niño que se parece al Diego ese. El único capáz de poder matar a un muerto.

Desde el lado del puente llega un caballo.

Rafael Urretabizkaya

Escritor. Poeta.

San Martín de los Andes. Nqn.

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