Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci
Cuarta parte / Sicilia

Tuve la felicidad de visitar en dos oportunidades la isla de Sicilia. Luego de pensarlo, he optado por el término felicidad y la razón se basa en confirmar que realmente es “una tierra por donde reptan las sibilas”… Llena de un misterio que nos permite pasear por las raíces entrelazadas de un territorio de un fuerte mestizaje, originado en torrentes de inmigración a lo largo de siglos: fenicios, griegos, vándalos, musulmanes, normandos…
Cuánta historia, cuánto devenir para que una familia de cuatro integrantes cruzara el Stretto di Mesina por primera vez -sin pensar que comunica el mar Tirreno con el mar Jónico en su parte más estrecha con una anchura de tan solo 3 km-, en busca de conocer y abrazar la mitad de los ancestros de los pequeños integrantes de la nueva generación que he tenido el gusto de dar a luz.
Sin tener en cuenta, en ese primer viaje de reconocimiento, navegando en un transbordador que enlaza Villa San Giovanni (Calabria) con la ciudad de Mesina (Sicilia), que en la Antigüedad se creía que el estrecho era el lugar donde habitaban Escila y Caribdis, dos monstruos marinos de la mitología griega. Estos monstruos se situaban en las orillas opuestas del canal de agua, un lugar peligroso para los marineros, que intentando evitar a Caribdis porque los ahogaba con remolinos de agua, terminaban devorados por alguna de las seis cabezas de Escila… Mientras el ferry caracoleaba con ímpetu, hubiera estado de más contarles esa historia a los niños.
“Sicilia es la puerta de Europa”, expresan muchos, y la Trinacria, el símbolo de la isla, se te aparece en todos los rincones, sobre el fondo Rojo y amarillo de su estandarte, que representa las ciudades de Palermo y Corleone (¿te suena?), con su forma triangular, sus tres piernas simbolizando los promontorios de Sicilia y la cabeza de Medusa con serpientes en el centro para protección y fertilidad. También presenta espigas de trigo aludiendo a la riqueza agrícola proveedora de grano al Imperio Romano, todo en una especie de giro que rememora movimiento, uniendo geografía, mitología e historia.
Al recorrer la isla, se abre un paisaje que rebosa de olivares y viñas, laderas tapizadas de verdor, regiones esteparias con aparatos de bombeo que te hacen volver a tu tierra patagónica.
Aglio, Olio e Peperoncino te sumergen seductoramente en su gastronomía con la Pasta all’Arrabbiata o con la Pasta con le sarde. La Pasta alla Norma, es también uno de los platos típicos de Sicilia, elaborada con tomate, albahaca y berenjena, herencia de los ejércitos islámicos en los tiempos medievales.
El peperoncino en Sicilia es más que un condimento, se le arrogan beneficios para la salud y la suerte, protege contra el mal de ojo y es, sin duda, el símbolo del sabor y la pasión en el sur italiano. La capsaicina que posee, mejora la circulación sanguínea y estimula el metabolismo por lo que se le suman propiedades afrodisíacas y no faltan en los escaparates turísticos las connotaciones que van más allá de la cocina.
Y me voy acercando al tema de este artículo, que es hablar de literatura y en nada menos que Agrigento, reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, una ciudad rica en herencia cultural que fue seleccionada como la capital cultural de Italia en este año 2025 pronto a culminar. Fundada en el 582 a.C. por los griegos, esta ciudad es conocida por su impresionante Valle de los Templos y el espacio urbano está lleno de antiguas iglesias, plazas, callecitas increíblemente estrechas donde no te podés perder de disfrutar un espresso en una piccola Piazza o de mangiare cannoli o arancini.
Luigi Pirandello, considerado un ilustre de Agrigento, es un catalizador del genio siciliano; toda esa historia, toda la identidad del pueblo de la isla, desde los griegos (el origen de su apellido es precisamente griego) pasando por la herencia musulmana, hasta llegar a Garibaldi y el Risorgimento fallido o a las artimañas del fascismo, están presentes en su legado literario. Toda su obra conjuga la angustia de un grupo étnico híbrido y extraño, que solamente podía llevarse bien con la ironía para mostrarse al mundo y que lo hizo merecedor del Premio Nobel en 1934.

La Casa de Luigi Pirandello frente al mar de Agrigento es una construcción rural del siglo XVIII que fue declarada monumento nacional en 1949. Allí nació el escritor el 28 de junio de 1867, en el seno de una la familia de clase alta, que se había refugiado en esa antigua casa escapando de la epidemia de cólera que arrasaba la isla. Hoy es un museo donde se exhiben los documentos que marcan las diferentes etapas de su producción literaria y una colección de pinturas de su hermana Rosolina, de su hijo Fausto e incluso de él.
Pude recorrer esos salones y también andar por el sugerente camino que conduce a la zona del «Pino» y la «Piedra Tosca» donde se dispusieron sus cenizas en 1961, respetando sus últimos deseos, muchos años después de su muerte, ocurrida en Roma el 10 de diciembre de 1936.
Cuando uno transita por lugares acerca de los cuales ha leído o visto imágenes, siempre se maravilla. ¡Ese pino!, ¡esa casa! Y cuando uno tiene que contar acerca de ello, vale seguir ilustrándose para elaborar un texto y hay tanto apuntado acerca de la vida de Pirandello…
Una vida azarosa que se refleja en sus escritos, porque, aunque lo conocemos sobre todo como dramaturgo, escribió también novelas, ensayos y cuentos. Desastres familiares y vicisitudes económicas marcaron su vida y, aunque nacionalista italiano, afirmó públicamente: «Soy apolítico, solo soy un hombre en el mundo». Su obra produjo un legado que bien vale conocer, siempre inclinado a la exploración existencial, el cuestionamiento metafísico y la tragedia.
De pequeño, le fascinaban las fábulas y leyendas, populares y mágicas, que le contaba su vieja criada María Stella y luego se alimentó de los románticos alemanes Jean Paul Tieck, Chamisso, Heinrich Heine y Goethe (esto de las lecturas a las que eran afectos los escritores que admiramos son datos que quienes escribimos encontramos sustanciales). Su formación y sus escritos, sobre todo en el terreno de la dramaturgia del siglo XX, impactaron en autores como Samuel Beckett y Harold Pinter e incluso en Jean-Paul Sartre y su filosofía existencialista.
El teatro de Pirandello, para muchos, fue revolucionario, especialmente con Seis personajes en busca de autor, donde echó por tierra paradigmas tales como que la realidad no puede ser representada es su totalidad. Esta obra maestra de Pirandello, estrenada en Italia en 1921 y publicada en 1925, propuso procedimientos innovadores, aclamados por algunos y desaprobados ardientemente por otros, en su afán de romper la división entre el público y la obra.
Concluyo con algo que he reservado para cerrar mi relato de viaje: vuelvo al cruce del Estrecho de Mesina, a su mágica cualidad de proporcionar el efecto Fata Morgana,un espejismo o ilusión óptica que te hace ver duplicados los objetos que se encuentran en el horizonte como si tuvieran un espejo debajo. Como el Hada Morgana, hermanastra del Rey Arturo, que según las leyendas era un hada cambiante, el calor y la refracción de la luz -nada mágico, por cierto-, hacen que los barcos, los acantilados o los islotes en lontananza se vean suspendidos en el aire -no solamente en tierra, también en el mar “reptan las sibilas”-, alargados y elevados como «castillos de cuentos de hadas».
Luigi Pirandello, que a lo largo de su obra no dejó de preguntarse cuál es la realidad, nos regala este efecto para contarnos el mundo.

Patricia Sampaoli de Bonacci
Doctora en Historia. Escritora. / Caleta Olivia. SC.
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