Poesía del Último Viernes

Sección curada por Jorge Curinao / Imagen original de Carlos Besoaín.

Los que se lanzan al camino                             

Después de haberles dado un respiro
a las palabras saco el capuchón
de la lapicera, abro la libreta de bolsillo
y escribo de corrido: Dichosos los que saben
cómo son las cosas, con qué pormenores
van a encontrarse cada mañana, y piedad
para los que ignoran los detalles,
los que se lanzan al camino.

A veces nos perdemos en el camino,
a veces las palabras se pierden
en el camino donde nos perdemos
y tenemos que aprender a hablar de nuevo.
¿Para qué? Para saber a quién le hablamos,
para saber de qué hablamos y cómo lo hablamos,
o para no saber, aunque hablemos.
Hay palabras que no tienen opciones:
ven una puerta abierta y quieren salir,
ven una puerta cerrada y quieren salir.
Linternas

Un conejo dice —Quiero ser una cabra,
Una cabra dice —Quiero ser un conejo.
Las palabras son las linternas del deseo.
Pienso en lo que vemos y en lo que no vemos.
Me subo al árbol y después me bajo,
pero el atajo no consiste en disponer
de una finalidad que acierte
sino de insistir con el riesgo.
El que busca encuentra, no siempre
lo mismo que busca, como el suelo
que a veces no se encuentra
donde siempre estuvo el suelo.

Hay maneras de ir más allá con las palabras:
ver un conejo y decir conejo, y que sea cierto,
ver un conejo y decir cabra, y que sea cierto.
La voluntad

El búho dice —Elegí ser búho.
El perro dice —Elegí ser perro.
¿Y nosotros qué decimos?
No decimos nada: dudamos.
También se puede insistir con el deseo
para que el triunfo de la voluntad pueda cumplirse.
En la voluntad no hay vacilación.
Que lo diga el perro, que lo piense el búho.
¿Y nosotros qué pensamos?
No pensamos nada, ¿para qué?
“La voluntad manda, pero no discierne”. *





* Camilo José Cela, La cruz de San Andrés.
Chimangos 

Salís a caminar y me decís que ves
chimangos con sus picos largos, curvos,
y que oís sus gritos agudos.
¿Chimangos? ¿Dónde?
Yo también debería verlos.
Decís que son dos chimangos
que chillan en el cielo
y que no se quedan dando vueltas
en el aire sin sentido, que sobrevuelan
tus ojos y escarban bajo tu pelo
con picotazos breves, certeros, repetidos,
decís que uno es macho, la otra, hembra,
y que lo más probable es que aniden
y se queden a empollar los pichones
en tu cabeza, y yo lo creo.
Un halcón                                          

Sentados a la sombra del sauce sin hacer
nada se pueden hacer muchas cosas.
Llevábamos minutos viendo a un halcón
en la punta de la última rama débil
de un álamo que se doblaba por el peso.
Ni amigos ni enemigos lo medíamos
a distancia, pero en desventaja: sabía
lo que hacíamos abajo y no podíamos ver
detalles de lo que el halcón hacía arriba.
Y cuando pensábamos que sus gritos
de furia o de euforia iban a quedar en una
demostración que solo impresionara,
mudó de aspecto como de camisa,
de pose como de palabras, se lanzó
en picada y sin error y sin lucha
cazó a su presa en el aire y se alejó.
Un punto en el cielo, después nada.

Hay mucho por hacer bajo el árbol
que se alza sobre nuestras cabezas:
aprender a alejarnos y a volver,
a mirar con un ojo a ras del suelo
y con el otro lejos, y con los dos
a lanzarlos en velocidad hacia todo
lo que tiene nombre y lo que no.
Vaca en un potrero                     

Me entiendo con los animales,
algo en mí tiene ese condimento adicional,
a veces refriego mi cabeza en la pared
como el novillo crispado en los palos del corral.
Hoy vi una vaca: ni arisca ni a la defensiva
estaba echada en el potrero.
La llamé por su nombre genérico
y con ganas de hablar le pregunté cosas.
La vaca me miró: ¿quería decirme algo?
Levantó su cola rabona, la sacudió en el aire
y la dejó caer liviana y olvidada sobre la tierra.
De esa vaca, cualquiera podría pensar:
es alguien más que ya no cree en fábulas.

Juan Carlos Moisés

Escritor. Poeta / Sarmiento. Ch.

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