Poesía del Último Viernes

Sección curada por Jorge Curinao / Imagen original de Carlos Besoaín.

Un día sueco 

Tengo 156 tulipanes en el jardín.
El pasto está crecido,
le hace falta un buen corte.
Esta mañana vinieron las bandurrias,
el gato Kafka del vecino,
los habituales teros y zorzales.
Hasta hace un rato
era
un día sueco,
como relata nuestra broma
doméstica, un poco de
sol y aire frío.
Ahora llovizna
y aún
hay claridad.
Soy soltera,
te dije
con malicia
cuando hablamos de nosotros
y agregué:
quiero hechos,
no
tu mirada sobre ellos.
Hechos
como bandurrias, teros, tulipanes, zorzales,
el gato Kafka del vecino, mi soltería,
o este día que antes de la lluvia
era sueco.
Polen de abedul 

Escapada de cultivo,
como una glicina en el Delta,
te dije:
no te quiero en mi vida
pero sé que te amo
del mismo modo en el que
me siento triste
y sin embargo
estoy bien.

Con esta boquita
con la que dije sí,
ahora,
mi amor,
(mientras estornudo
por el polen de abedul
y siento un bienestar que arranca
desde el centro de mi cuerpo
y no se puede detener),
con esta boquita,
ahora,
digo
no.
No vas a sacar más nada de ahí, ese pozo está seco

Para esperarte,
mi amor,
estoy aquí
pintada como una puerta (diría mi madre),
perfumada, encremada, lijada, pulida,
lustrada, barnizada, esmaltada, bruñida,
tersa, satinada, esmerilada,
radiante, chispeante, centelleante,
resplandeciente, brillante,
diamantina, vivaz, irisada, reluciente,
acicalada
hasta
el hartazgo,
estoy aquí
para ver cómo entrás de la calle
y vas rápido a ducharte
y sacarte de encima
mi amor,
ese olor que traés,
ese rotundo y claro
olor.
El agua de la extranjería

Al traernos el pan con tomate
el árabe del chiringuito donde comemos cada día
me dice que estoy más guapa con el pelo distinto
y yo pienso,
mientras te observo encerrado en tu sótano,
frente a mí,
que vos no lo notaste y siento, además,
que para cerrar un ciclo de amor karmático
no hay como cambiar de país.

La extranjería anula el apego
y la melancolía de pisar suelo desconocido
se contrarresta con un estado de alerta permanente
que nos vuelve más sensibles y lúcidos.

Esta es la carta que hoy me escribo
desde Zahara de los Atunes, Cádiz,
y me pregunto qué voy a hacer con lo que descubra
después de leerla.
Soñar con Zurita

Alguien que no es Zurita
pero dice ser él
me enamora,
estamos en un lago y en la playa de ripio
hay basura, botellas rotas,
fuerte olor a quemado,
igual
Zurita me enamora,
contra ese fondo de Mad Max
que veo detrás de su cabeza,
Zurita
me enamora.

Hasta que llega dando pasitos suaves
como si fuera la dorada Pavlova de Pound
mi amiga,
la poeta del pueblito marino,
y me pregunta visiblemente angustiada por mi debilidad:

¿Cómo vas a estar con un hombre tan sufrido
que no tiene ni una sonrisa para darte?

El falso Zurita la mira enfurecido,
ahora tiene aire de matón
y ya no me parece que sea el poeta.

Amiga, el cuerpo precisa de otras manos para conformarse,
me dice la poeta del pueblito marino,
y este hombre
no quiere ser rescatado,
elige habitar entre dos mundos,
uno que lo comprime,
otro que lo libera,
no quieras un milagro para el que no lo pide.
Un mail

Recién comí
dos empanadas de roquefort
y dos de pollo
que me alegraron
el cerebro,
cuenta Mansilla en un mail.

Dice que va
a inaugurar una biblioteca
en Las Lajas
acompañado de motoqueros
y paracaidistas,
cosas de la Patagonia, agrega.

Yo me acuerdo de Osvaldo Soriano
y le digo eso,
que parece una escena
de alguna
de sus novelas.

Tener amigos poetas
salva el día.

Graciela Cros

Escritora. Poeta / San Carlos de Bariloche. RN.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail revista.larama.2019@gmail.com

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