Un arco indeleble

Texturas / Florencia Lobo

[Fragmento del prólogo de la antología Un fulgor distinto. Autoras de la Isla Grande de Tierra del Fuego]

La antología Un fulgor distinto presenta, a modo de muestrario más que de panorama, una selección transgeneracional de los últimos veinticinco años de escritura en la Isla Grande de Tierra del Fuego: hay poemas de autoras que ya no están entre nosotros y poemas de nuevas voces aún sin obra publicada. Si bien la slección tuvo su origen en una convocatoria lanzada por la editorial Tanta Ceniza, más tarde se sumaron algunas escrituras fundantes de la poesía de la isla escrita por mujeres, de modo que pudiera trazarse una continuidad entre aquellas poéticas y las del presente. 

Teniendo en cuenta esto, convergen en la obra estilos, estéticas y temas diversos: una reluciente pluralidad. Hay escrituras-torrente, caudalosas, y otras mesuradas y concisas como un pensamiento oriental. Algunas buscan sacar algo de adentro; otras, absorber el afuera, y otras combinan múltiples maneras de entender la creación poética.

Sin embargo, más allá de la riqueza de estilos y temas que estos poemas prodigan, creemos posible observar una suerte de hilván; un paisaje compartido en el universo de las palabras; un vocabulario común que tal vez la isla imprime a su manera y permanece imborrable (indeleble), sin importar desde dónde, después, se escriba, o acerca de qué cosas. 

No es casual que en prácticamente todas las producciones se mencionen, de forma directa o al pasar, el mar o el viento, tópicos que configuran la sola idea de esta isla. Y si no el mar, algo de su esencia: «el lecho marino», «el fondo marino», o esa «sustancia imposible que se extiende entre el sonido y el silencio» en el romper de las olas, como escribe María Lokvicic. Y si no el viento, la nieve ─ya lo dijo Anahí Lazzaroni: «la palabra nieve es una buena contraseña»─. Sigilosamente, no importa de qué hablen las poetas, siempre algún matiz del paisaje de la isla se cuela entre sus palabras. Quizá se deba a ese: «misterio que la naturaleza conserva, con ese lenguaje inexplicable a nuestros oídos», según un poema de Patricia Cajal. 

Tampoco es casual que en varios poemas aflore, de manera velada, el tema del desplazamiento y la migración, porque tiene mucho que ver con la fluctuante dinámica poblacional de la Isla Grande de Tierra del Fuego, que se ve reflejada en las diversas biografías de las autoras. Llegar y quedarse. Nacer en la isla e irse. O no irse nunca, o no dejar nunca de irse y de volver, y pasear «…siempre como una intrusa entre la llegada y la despedida». Esas formas del tránsito y la extranjería reaparecen en muchos de los textos y se entrelazan de forma directa con otro tema que emerge en varias escrituras: el cuerpo, ese «centro oscuro / y terreno del cuerpo», en palabras de Belén Ahumada. 

Una vez dijo Lucrecia Martel: «El cuerpo es una geografía de una soledad absoluta. Uno está en un lugar en donde nadie más puede estar». Es una idea reveladora; y si el cuerpo es geografía, territorio, entonces también sostiene un paisaje. Uno propio, interior, que alimentamos capa sobre capa y llevamos a donde sea que vayamos. Niní Bernardello lo sintetiza así al recordar su Córdoba natal: «Ensamblo mi paisaje a estas aguas atlánticas». Habla de su llegada a la isla y de su abrazar el nuevo espacio vital, pero también de todo lo que traía consigo.

De ensamblajes, movimientos y acumulaciones se van formando los paisajes y también las personas. Y en ese andar, a veces, el cuerpo o todo nuestro ser se vuelve algo confuso que nos interpela: es «inhóspito el terreno de la identidad», dice un poema de Aixa Rava; y, en línea con las palabras de Lucrecia Martel, Luisina Donnarumma escribe: «[tengo que] entender / que vivo sola en mi cabeza». En muchos poemas aparecen miradas sobre el propio estar en el mundo, ya sea desde la zozobra («no sé dónde es casa», dice Priscila Vallone) o la inevitable autoexaminación («con devoción / mansa y miserable / escribo», dice Ludmila Rogel); o bien desde la reafirmación («no quiero tener que elegir / entre la mesura o / el destierro», escribe Victoria el Valle). desvío

Otras veces, el trasladarse es simbólico; la que viaja es la mente. Y así se puede revisitar el pasado o asomarse al futuro. ¿No es el motor del deseo el que impulsa el movimiento? En un poema, Belén Ahumada nos dice que desde cualquier sitio «se puede volver / a caminar por la infancia / pisando las hojas del otoño». Y María Clara Vickacka, observando una casa que «fue perdiendo su elegancia (…) su don de gente», se proyecta hacia adelante e imagina el momento en que habrá de dejarla, sin mirar atrás, echando «llave a la puerta y al olvido». 

Movimientos, remembranzas, meditaciones y búsquedas. Todo parece ser buen abono, tierra fértil para que prospere la creación. Por eso, en estas páginas conviven la poesía introspectiva; la de mirada científica; la que estruja el lenguaje para revelar nuevos sentidos; la que acerca el lenguaje fresco, cotidiano y siempre fecundo de las conversaciones; la que es como un arma preciosa y afilada; la poesía contemplativa, en diálogo con la naturaleza; o la que busca sanar y ser un lugar de reparación para transitar desasosiegos.

Florencia Lobo

Escritora. Poeta / Ushuaia. TdF.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail revista.larama.2019@gmail.com

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