Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci
Segunda parte

Tercer destino / Dublín.
Qué decir de Oscar Wilde sino que, en principio, lo he admirado tanto…
Y ahí estábamos, en Dublín, su ciudad natal. Apenas llegamos, dejamos nuestras pertenencias en un hotel frente al rio Liffey, muy cerca del puente Samuel Beckett, construido por el arquitecto español Calatrava; un arpa enorme, muy poética, por cierto (nos trajo a la memoria la arquitectura de nuestro Puente de la Mujer en Puerto Madero).
Estábamos hambrientas, así que partimos por calles llenas de canteros de flores hasta encontrar un Pub. Mi hija pidió una hamburguesa y yo le dije a la camarera:
– Me gustaría comer algo típico de Irlanda.
Mientras degustábamos una pinta de Guinnes negra, llegó nuestro pedido… Y mi plato estaba lleno a rebosar con una milanesa de merluza acompañada de puré, parecía salida de mi modesta cocina en Caleta Olivia, elaborada por mis manos.
Al día siguiente, caminamos y caminamos buscando a Molly Malone vendiendo sus mariscos -inmortalizada en bronce-, estaba mimetizada con su entorno y nos asombró un vendedor de flores con todo el aspecto pelirrojo de esos duendes de película que nuestra memoria fija en algún tiempo de nuestra infancia. ¡Eso fue sorprendente!
Agazapado en cada esquina, se me aparecía James Joyce, queriéndome imponer a los dublineses como a las personas más recomendables, con sus virtudes y, aún, con sus defectos. Estábamos muy cerca de la celebrada fecha del 16 de junio de 1904, muy cerca de Leopold Bloom, muy cerca de lo más profundo del alma de la ciudad, como dentro de las locas páginas del “Ulises” …
Los escritores solemos llevar una libretita donde apuntar ideas, serias algunas, locas otras. Dublín no da descanso en dispararte observaciones y, de todas, me centro en las referidas a Oscar Wilde:
Su genio literario deshonrado por lo que su época consideraba «indecencia grave», sus dos años de prisión, su patético e injusto declive, su muerte solitaria en París. Su lucidez para desenmascarar la hipocresía, su inteligente ironía, esos personajes de piezas teatrales tan vigentes, su prosa impecable. ¡Cuánto me deleita volver a sus páginas y cuánto me hacen reflexionar acerca de cómo las sociedades tienen la capacidad de destruir, amparadas en prejuicios y leyes!
– ¿Qué escribió? – me preguntó mi hija.
Le contesté: El retrato de Dorian Gray, El fantasma de Canterville, La importancia de Llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere …
De casi todas tenía referencias. Yo recordé una de sus frases emblemáticas:
“Los libros que el mundo califica de inmorales son los que enfrentan al mundo a sus propias vergüenzas”.
Pero les cuento un poco acerca de la ciudad, una capital fuera del tiempo, ya que desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1960 su centro no sufrió cambios arquitectónicos, transformándose en el sitio ideal para la realización de películas como la famosa “Mi pie izquierdo”, ¿la recuerdan? Posteriormente, con el desarrollo económico del país, se fue transformando sin perder el aire de la época Georgiana en sus calles y callecitas. Es un placer recorrer Dublín y rescatar como parte de su historia que el asentamiento bajo el nombre Dubh Linn data quizás del siglo I a. C., siendo los vikingos aquellos que, entre correría y correría, la establecieron finalmente como ciudad, alrededor del año 841 d.C.
Volviendo al concreto terreno literario, tengo muy presente la paciencia de mi hija, acompañándome a recorrer todos los salones del Museo de Escritores de Dublín, que había abierto sus puertas en 1991 y fue elogiado como el museo emblemático de la historia literaria de Irlanda en la ciudad. Ubicado en el número 18 de Parnell Square, constaba de dos edificios del siglo XVIII. El edificio principal, una casa de ladrillo rojo de estilo georgiano , había sido utilizado por George Jameson, hijo de la familia Jameson y dueños del whisky irlandés homónimo. La Biblioteca de Gorham, que conmemoraba a su fundador, Maurice Gorham, se encontraba instalada en la planta superior. El edificio anexo contaba con cafetería, librería y sala de conferencias, donde tomamos café con pasteles. Lo escribo en pasado, no solamente por el tiempo del viaje, sino porque lamentablemente, cerró sus puertas durante la pandemia de COVID-19 , sin volverse a abrir.
Por fortuna, su objetivo de «promover el interés por la literatura irlandesa en general y por la vida y obra de escritores irlandeses individuales» sigue vigente en el nuevo museo ubicado en la imponente Newman House, con una fachada clásica que despierta admiración y se alza entre los preciosos parques Iveagh Gardens y St. Stephen’s Green. Su nombre: Museo de Literatura Irlandesa (MoLI ), sitio que da cuenta de esa literatura a lo largo de unos 1.500 años. Dicen las crónicas que no parece un archivo, sino un espacio expositivo en evolución, que refleja la experiencia humana de la literatura dentro y fuera de la página.

El antiguo museo había perdido vigencia al ser sus colecciones estáticas, por fuera de lo que se espera en la actualidad: dinamismo e interacción con los visitantes. Con mi hija recorrimos un museo que ya no existe, pero pudimos apreciar manuscritos y primeras ediciones de libros, más los artefactos relacionados con escritores irlandeses como la cafetera de Jonathan Swift, el teléfono de Samuel Beckett, la máquina de escribir de James Joyce, el primer ejemplar del Ulises y la primera edición de Drácula de Bram Stoker -el terror de mi niñez y adolescencia-.
Concluyo agregando que me encantaría volver a Dublín para recorrer el nuevo museo, donde junto a las exposiciones tradicionales -que igualmente ocupan un lugar- se presentan experiencias atractivas y rotativas. No me tengo que perder “Dear Dirty Dublin”, que lleva a los espectadores por la ciudad a través de esculturas, películas y una maqueta del Dublín de la época de Joyce.
Y me despido con una frase de Jonathan Swift…
“Libros: los hijos del cerebro”.

Patricia Sampaoli de Bonacci
Doctora en Historia. Escritora. / Caleta Olivia. SC.
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