Crónica / Sebastián Grimberg

Vicente Oscar Battista nació en Barracas, Buenos Aires, en 1940. Es un escritor y guionista argentino, autor de cuentos, novelas, obras teatrales y ensayos. Obtuvo a lo largo de su extensa trayectoria diversos premios a los que se suma el Rómulo Gallegos 2025.
Sobre El simulacro de los espejos
Por Vicente Battista
La novela nació cuando la pandemia. Sospecho que las torres de marfil en las que nos aislamos contribuyeron a que volara mi imaginación. Escribir era un modo de inventar un mundo que me apartara del que estaba viviendo. Claro que en lugar de elegir un escenario abierto, con plantas y sol, decidí que mi historia iba a desarrollarse en un sitio aún más aislado y cerrado del que yo estaba viviendo.
El primer título de la novela fue Las puertas de la noche y de verdad lo fue por mucho tiempo o, si prefieren, por muchas páginas, tenía un acápite de Bufalino, una cita de su Perorata del apestado, incluso comenzaba con una referencia a esa conmovedora novela. Una tarde (honestamente, no recuerdo la hora exacta, pero es común recurrir a lugares comunes del tipo “una tarde” o “una noche”) leí el poema La Recoleta, de Borges, y advertí que uno de sus versos contenía el título de mi novela. Desterré Las puertas de la noche y la cita de Bufalino, y definitivamente la bauticé El simulacro de los espejos e incluí la cita de Borges. El comienzo sigue con la secreta referencia a Bufalino.
A la hora de elegir el nombre del sitio que albergaría a los personajes pensé en La Casa, pero desistí de inmediato, así se llama una notable novela de Mújica Laínez, después pensé que podía ser El Sitio, pero finalmente elegí El Lugar, creo que es más fuerte, tiene más contundencia. Una vez resuelto el escenario había que situar a los personajes que lo ocuparían. Para entrar en El Lugar había que aprobar duros exámenes, recién entonces quienes ingresaban recibían la categoría de Escogido o de Escogida. El ingreso era decidido por cada uno de ellos. Los Escogidos y las Escogidas debían dejar Afuera las tablets, los celulares y cualquier otro elemento electrónico, incluso su pasado. No podían tocarse, ni siquiera rozarse, debían tratarse de usted y no mostrar ningún sentimiento, entre ellos no existía ni odio ni cariño. A pesar de esto, todos parecían vivir en absoluta paz.
La historia está contada por un narrador que nada tiene que ver con los narradores omniscientes de las novelas clásicas. Mi narrador no tiene posibilidades de saber qué piensan sus personajes y menos aún qué sienten. A partir de este presupuesto, tuve que plantear la narración en base a conjeturas y supuestos.
Aquí corto, no quiero correr la cortina de mi propia novela; espoilear, le dicen ahora.
Una mirada personal sobre el maestro
Por Sebastián Grimberg
Sobre la guía de Vicente Battista, en su formación, el escritor Sebastián Grimberg publicó: “Elijo esta foto no porque estemos más jóvenes (no es cuestión de coquetería, esta vez), sino porque ese espacio, el espacio de trabajo de Vicente, lo tengo bastante idealizado. El taller lo hacíamos en otro cuarto, rodeado de libros hasta el techo, como la mayoría de las paredes de la casa, pero yo muchas veces llegaba bastante temprano, cosa rarísima en mí que suelo hacer todo lo contrario, para compartir un rato a solas con él. Me sentaba en esa silla junto al escritorio, miraba las paredes llenas de pipas, de dibujos, con cuadritos y algún que otro libro, diccionarios sobre todo, y lo miraba escribir algún capítulo de novela, algún artículo periodístico, en general para Página 12, en el que a veces me animaba a meter la cuchara (le debe haber dado bola a una de las siete u ocho sugerencias que arriesgué, si lo hizo alguna vez). Pero idealizo ese espacio porque, para mí, era el lugar “del escritor”, y yo quería algo parecido.
Con Vicente, también con mis compañeros de taller de entonces, aprendí a corregir, a bancarme, aunque puteara por lo bajo, las correcciones a mis textos. Aprendí cuál es la pequeña parte que, finalmente, se escribe de toda la historia que uno puede armarse en la cabeza (me acuerdo que una vez, llevé un texto como de cuarenta páginas, el inicio de una novela, y me lo revoleó de una punta a otra de la mesa después de leer cinco carillas; “esto no le importa a nadie”, me dijo. “Conocelo vos para construir el personaje, pero no hace falta escribirlo”). Aprendí que un narrador tiene que ser interesante, divertido en lo posible o que tiene que tener cierta particularidad, chispa, nada de solemnidad (al menos para las cosas que yo escribía). Aprendí la importancia del humor en la literatura, algo que siempre busco, más allá de que, como todo, a veces me sale y a veces no; y aprendí, sobre todo, un modo de amor por la literatura. No conozco a nadie que viva a través de la literatura como lo hace Vicente. Es un “escritor”, como yo fantaseaba, cuando iba de chico a la feria del libro, eran los escritores.
Hace poco, la semana pasada, ganó el premio Rómulo Gallegos, y yo no puedo pensar en otra persona que se lo merezca más que él”.
*Desde último Viernes agradecemos al escritor Sebastián Grimberg, discípulo de Battista y colaborador de Revista LaRama, por ser el intermediario para que podamos leer estas palabras de su maestro y actual ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Este galardón literario le fue otorgado por su novela El simulacro de los espejos.
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