4/ Del autor al lector

Escribir y leer son dos actividades esencialmente solitarias. Las pocas excepciones que escapan a esta definición acaban por confirmar la regla. 

Paradójicamente, esta esencia solitaria produce una sensación de milagro cuando las circunstancias hacen que uno de estos dos actores (escritor y lector) tome conciencia real de la presencia del otro. Esto ocurre cuando un extraño se acerca al escritor y le dice que le gustó su libro, o cuando un desconocido va y compra un ejemplar. Algo similar pasa cuando alguien que está leyendo descubre en el entresijo de las líneas una idea que lo sorprende, un sentimiento que lo conmueve, una verdad que le era vedada. Cuando siente que el autor le está hablando directamente a él.

El libro, ese objeto que es el vector de una comunicación de índole muy profunda entre dos personas que se desconocen pero que se intuyen, se ha ido convirtiendo así en un fetiche de adoración por parte de la sociedad letrada (y parte de la iletrada), en cuyo altar depositamos promesas de sabiduría, de bienestar, de ensoñación, de entretenimiento.

Ese libro además, en tanto artefacto, tiene sus cualidades y características que lo hacen reconocible como tal y que implican una serie de procedimientos específicos que ejecutan personas con conocimientos también específicos.

El proceso se resume así: El texto que escribe un autor es procesado y se convierte en un libro. Éste, en manos de un lector, genera reacciones emocionales que conectan (coincidiendo o no) con las intenciones con las que fue redactado el texto original.

De este resumen yo desprendo algunas conclusiones:

  1. El autor escribe un texto, no un libro.
  2. El libro es el resultado de un proceso.
  3. El objetivo final del libro debería ser llegar a manos de un lector.

Ejemplifico la primera conclusión. 

José Hernández escribió un poema, Borges escribió un cuento, Ana Frank escribió una crónica personal. Seguramente ustedes conocen un montón de libros cuyo título es “Martín Fierro”, otro tantos de “El Aleph” y varios más de “El diario de Ana Frank”. Cada uno de ellos es un libro diferente, aunque el texto original sea en cada caso el mismo. Algunos dan más ganas de tenerlos, otros no. En la segunda opción, concretar la comunión autor/lector será más dificultosa. A veces, será imposible.

La segunda conclusión nos remite a un concepto que parece ponerse cada vez más de moda: el ecosistema literario

El proceso por el cual un texto se transforma en libro requiere de actores y conocimientos que rara vez es posible reunir en una sola persona. Haciendo una reseña escueta de los actores implicados en el mismo tenemos que:  el autor escribe un texto,
alguien lo edita,
alguien lo corrige,
alguien lo maqueta,
alguien lo imprime,
alguien lo distribuye,
por fin, alguien lo lee.

Dos aclaraciones más. Una, la lista es deliberadamente corta: podemos agregar traductores, lectores críticos, ilustradores, fotógrafos, etc. Dos, los conocimientos, habilidades y “miradas” que se necesitan en cada uno de los rubros enunciados, aunque a veces puedan solaparse, son esencialmente distintos.

Ese universo de personas interrelacionadas e interdependientes es parte del llamado ecosistema literario. A ellos les debemos agregar los libreros y feriantes (de libros nuevos y usados), los críticos literarios, el periodismo y los medios especializados, ámbitos académicos, bibliotecas, organismos técnicos relacionados con el sector e instituciones privadas y estatales de fomento y promoción.

La tercera conclusión es lo que explica el origen del maná con que funciona el ecosistema.

Esa comunicación invisible y secreta entre escritor y lector, verdadero leit motiv del quehacer literario se ve favorecida y beneficiada por la acción de actores con conocimientos cabales y precisos de su rol en el proceso del libro.

Todo lo aquí dicho se refiere a libros concebidos desde el principio con la intención de establecer esa comunión, ya sea dentro de un sistema de distribución comercial (convencional o independiente) o una no comercial. Si el libro es pensado y realizado para llegar a las manos de un lector deberá concebirse también una estrategia para llegar hasta ese lector. Debe intentar cubrir de la mejor manera posible todos los pasos descriptos, sea de manera profesional, artesanal o amateur, teniendo en cuenta las posibilidades materiales y los conocimientos.

Si la manera de llegar al lector no se planifica y ejecuta con cierta habilidad y fortuna, el libro termina en una caja, juntando polvo y telarañas en un deposito, en un rincón de la casa, en el archivo de una institución.

El texto se habrá convertido con mayor o menor pericia en un libro, pero si no llegó a encontrarse con su lector, habrá perdido su razón de ser. Y el poco o mucho esfuerzo y la poca o mucha plata puesta en él se habrán desperdiciado.

Ariel Di Leo

Diseñador Gráfico. Editor.

Río Gallegos. SC.

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