El oficio que se afianza: Los perros, de Sebastián Grimberg

“La actividad de escribir ha resultado vital para mí, me ayuda a entender las cosas y a poder seguir.” (John Berger)
Este 2025 vino de la mano de un nuevo libro de Sebastián Grimberg, escritor y psicólogo porteño afincado en El Calafate desde unos nueve años atrás. Y, nuevamente, el deslumbramiento ante una prosa lograda, con el manejo exacto del suspenso, la observación minuciosa casi como en una disección, el cuidado en la contrucción de los personajes: todas marcas de estilo a las que el escritor nos tiene acostumbrados. El regreso de Sebastián Grimberg al cuento, género con el que comenzara a publicar en 2014, con su libro Cada siete segundos, y con La mirada del asesino, con los que obtuviera sus primeros reconocimientos literarios (Segundo Premio Municipal de Literatura CABA 2013-2014 y Primer Premio Bienal Premio Federal Narrativa Breve 2013, respectivamente) es, entonces, un feliz reencuentro, en el que sus ya numeroso lectores, malacostumbrados también a sus novelas, ceremonia que se viene repitiendo en los últimos años, con tres obras de las que hemos dado cuenta en nuestra revista en los números 8, 9 y 10.
Los perros, distinguido por el Fondo Nacional de las Artes en 2019, publicado recientemente por Editorial Diotima en una bella edición, agrupa diez breves cuentos en los que, por una parte, podemos observar el afianzamiento del oficio, con un cuidadoso trabajo de escritura, en los que se destaca la creación de personajes y de narradores. Por eso es que hablamos ya de um estilo propio, producto de la obsesiva práctica, evidenciada no sólo en su producción, sino también en las clínicas de narrativa que coordina y orienta desde hace ya varios años, principalmente para la Fundación La Balandra.
Como el pequeño Federico, protagonista del cuento “Los álamos”, Sebastián Grimberg trepa y trepa, superando su propio vértigo, y a través de esos ojos castigados por el viento y la tierra, en una típica escena sureña, recupera el mundo presente que lo rodea y su propia historia familiar. Desde las alturas, como en el panóptico foucaltiano, el personaje supera sus terrores primarios del niño citadino arrastrado a la fuerza a un pueblito del interior, toma posesión del mundo y lo controla, que al fin y al cabo es la tarea de todo buen narrador.
Así también en los restantes nueve cuentos, se suceden varios personajes niños, presentes, pero también ausentes, como en los inquietantes “San Pedro”, “Encargo”, “La línea invisible” y “Crochet”. Podemos trazar con ellos , una línea que va y vuelve sobre el gran tema primigenio, el de la paternidad, como hemos ya visto en sus novelas El guardián de los cerdos y Vistamar XI, una paternidad que atrae y que repele, y nos hace reflexionar sobre los modos en que se construyen esas escenas de padres e hijos, atravesadas por la indiferencia, la violencia intrafamiliar, el desapego y la crueldad. Es una lectura perturbadora, azuzada por narradores tan poco amables como muchos de los personajes, algo que provoca la dificultad de buscar identificaciones. Aún así, al elegir contar anécdotas pequeñas de seres comunes despojados de gestos heroicos, la historia y la memoria se hacen presentes. En esos relatos de padres e hijos destaca el conmovedor cierre de libro con “Aikido 2.0” , donde el personaje del padre fabulador, un auténtico perdedor, adquiere una dimensión ominosa.
Grimberg vive en la Patagonia austral, junto al bosque y a los glaciares, pero su literatura esquiva con destreza la categoría de regional, como en un juego, y lo demuestra insertándose con legitimidad en esta nueva literatura argentina, en la que escritores de todas las provincias (nacidos o circunstancialmente residentes en cualquiera de ellas) dialogan entre sí y con otros ya canónicos, organizando este nuevo linaje, que reconoce tradiciones fuertes en la literatura nacional y, a la vez, las descarta.
Es interesante destacar que, aún a despecho de cualquier tipo de esencialismo y probablemente por esa misma determinación, en Los perros el espacio patagónico crece y adquiere mayor presencia que en las cinco obras anteriores, algo que, para el buen lector, ya comenzaba a evidenciarse en el final de Vistamar XI. Allí, el narrador daba unos pocos indicios de ese (este) sur, un sur desolado de estepa y viento aullador, casi como la típica postal de la Patagonia profunda, esa localización propicia para una escena de expiación. En estos cuentos, sin por ello abandonar los espacios cerrados, pequeños y opresivos (una habitación cerrada, el baúl de un vehículo. un colectivo lleno) nos topamos en varias oportunidades con el espacio abierto patagónico, situado incluso en un pueblito ficticio llamado “ Los Cerros”, que en alguna entrevista el autor identifica con la pequeña localidad santacruceña de Tres Lagos, Desolación acompañada de perros cimarrones amenazantes, álamos por doquier, viento omnipresente, la estepa oscura y hasta los personajes extraídos de la historia patagónica, plagada de leyendas como en el cuento que da nombre al libro y en que los carteles de Butch Cassidy y de Sundance Kid nos retrotraen al pasado, tan inquietante como el presente que le toca vivir al angustiado protagonista de “Born to be wild”, en el que el emblemático duelo criollo del pasado nacional se convierte en un violento malentendido marcado por la incomprensión lingüística y el recelo y el prejuicio de los paisanos hacia los jóvenes extranjeros.
En síntesis, como bien señala John Berger en “Autorretratos”, esta nueva propuesta de Sebastián Grimberg pone en evidencia un proyecto escriturario sólido, en el que entra también la determinación de editar sin autopublicación, a fuerza de trabajo y, obviamente, también de distintos reconocimientos, en la ineludible trama de la legitimación en el ecosistema literario.

Gabriela Luque
Prof. y Lic. en Letras. Esp. en Gestión Cultural
Río Gallegos. SC.


